LA MUERTE DE UNA NACION

LA MUERTE DE UNA NACION

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste! Pues bien, la casa de ustedes va a quedar abandonada. Y les advierto que ya no volverán a verme hasta que digan: ‘¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!’” (Mateo 23.37-39).

 

El 9 de julio de 1816 nació una nación (Argentina). La independencia de un pueblo es el germen de su libertad y el comienzo de su gestación como nación. Esto es lo que ocurrió en Tucumán (Argentina) hace dos siglos. Pero es importante que los argentinos y todos los latinoamericanos seamos bien conscientes de que las naciones, al igual que las personas, nacen y también pueden morir. La libertad, la paz, la justicia, el amor y la verdad no son bienes que tengan garantía de continuidad en la vida de las naciones, a menos que se trabaje responsablemente por conseguirlos y cuidarlos a través de un ejercicio moralmente responsable delante de Dios.

En la vida de todo ser humano y nación llega un momento en el que, en la lucha entre la verdad y la mentira, debe tomarse una decisión. Esta opción por el camino bueno o el camino malo es ineludible y crucial. Un momento así había llega-do a la nación de Judea, en los días de Jesús, y ésta había fracasado en la prueba al no tomar la decisión correcta. Al igual que Babilonia en la antigüedad, la nación judía había sido pesada en la balanza y había sido hallada en falta. Lo que podía haber sido el momento más grande de su historia se transformó en su hora más terrible. Después de infinitas oportunidades, Dios les estaba dando la última y la más grande de todas al enviarle al Mesías Jesús. Pero lo rechazaron en forma terminante y final, y lo único que quedó fue el pronunciamiento de un juicio, un juicio que no fue expresado con los tonos ásperos de la ira, sino con los suspiros de un corazón quebrantado.

En un sentido muy real, el juicio pronunciado por Jesús sobre Jerusalén marca el fin de una era en la historia universal. Esto no significó el fin de la historia misma. Pero sí anunció el fin de una nación en lo que hace al propósito de Dios para ella. Según las propias palabras de Jesús, el reino de Dios fue tomado de esta nación y fue dado a otro pueblo de su propia elección. Como leemos en Mateo 21.43: “Por eso les digo que el reino de Dios se les quitará y se le entregará a un pueblo que produzca los frutos del reino.” 

La pregunta que deseo plantear en estos párrafos es: ¿Hemos alcanzado nosotros un momento crucial parecido a éste en la historia de nuestra nación? ¿Está nuestra propia nación frente a un juicio similar de parte de Dios? ¿O nos encontramos en el filo de una serie de eventos que pondrán fin a la historia misma para todo el mundo? Muchas mentes inquietas y preocupadas sienten que ésta última es una posibilidad muy cierta. William Voght en su libro Camino a la supervivencia dice: “La mano que escribe sobre la pared de los cinco continentes ahora nos está diciendo que el día del juicio está a las puertas.” Poco antes de su muerte en 1946, Herbert G. Wells, el autor de famosas novelas de aventura y ciencia ficción, en uno de sus libros, La mente astiada, dice: “Yo predigo que la generación en la que usted y yo vivimos es la última generación sobre la tierra.” Y nada menos que una autoridad en historia como Arnold J. Toynbee señaló: “Las características estables de los últimos 6.000 años de historia civilizada se están cambiando y se están haciendo añicos.” 

  A la luz de estas impresiones, haríamos bien en preguntarnos si en medio de los rápidos eventos de la historia de nuestros días no está Jesús diciéndonos lo mismo que dijo hace casi dos mil años atrás: “¡Jerusalén, Jerusalén, … cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste! Pues bien, la casa de ustedes va a quedar abandonada.”

Siempre es doloroso y patético ver morir a una nación. Y éste es el pensamiento que está detrás de las palabras de dolor de Jesús sobre Jerusalén. Para evitar que nuestra nación se diluya en anarquía, confusión, corrupción y violencia, es necesario que, como Hijo Jesús, no sólo nos lamentemos por ella, sino que estemos dispuestos a dar la vida para su redención. Hoy no es necesario morir en un campo de batalla ni desangrarnos en guerras intestinas, como hicieron nuestros patriotas. Pero sí es necesario que oremos persistentemente por la paz de nuestro país y proclamemos el evangelio del reino para que pueda ser transformado. Cada nación de América Latina necesita desesperadamente de esta intervención santa de sus ciudadanos cristianos y comprometidos. 

 

© 2019, Pablo A. Deiros.

 

Pablo Deiros

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En la vida de todo ser humano y nación llega un momento en el que, en la lucha entre la verdad y la mentira, debe tomarse una decisión. Esta opción por el camino bueno o el camino malo es ineludible y crucial.

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IMPENETRABILIDAD

IMPENETRABILIDAD

El desquiciamiento en nuestra cultura posmoderna se pone de manifiesto, a veces, con una expresión típica del mundo de la radio y la televisión: “fuera de onda” o “fuera de sintonía.” Los padres lo dicen de sus hijos cuando les suplican que regresen al hogar antes del amanecer y sin olor a alcohol. Los esposos se acusan mutuamente de ser como carbones encendidos, mientras se lastiman el uno al otro. Los psiquiatras se lamentan de los pacientes que se rehúsan a mostrarse tal como son. En alguna parte debe haber un botón que cierre la puerta con el cartel que dice “EXIT” y que corte los mensajes de texto y toda la maraña de confusión que nos llega por Facebook, Instagram, …… Todos anhelamos el milagro de la liberación de nuestras mentes del bombardeo incesante de cosas, que cotidianamente nos perturban. ¿Cómo podemos ser más indiferentes o impenetrables frente a la realidad pixelada que nos inunda? ¿Dónde está el paraguas que nos proteja de la lluvia ácida de los problemas inevitables?

          Los psicólogos han estado abordando ese fenómeno, que muy bien podría denominarse como “impenetrabilidad.” Algunos han tratado de alentarlo con consejos concentrados en el cliente; otros propugnando la transferencia de un estado de ánimo hacia otro más beneficioso o tolerable; otros propiciando intereses afines o aplicando lo que llaman “método educativo” con el fin de aligerar al paciente de su carga emocional y espiritual. Estos recursos han tenido un cierto éxito, pero todo depende de la disposición de la persona a levantar sus propias defensas. No obstante, el sistema inmunológico de la mayoría de las personas parece padecer de un estado deficitario crónico.

          Además, la ayuda externa no siempre resulta saludable. El fracaso de los profesionales de la conducta humana en lograr la actitud adecuada en los casos más difíciles se debe, mayormente y precisamente, a su “profesionalismo.” Se considera un buen profesional a todo aquel que se interesa más en el caso que en la persona, en la enfermedad más que en el paciente, y en el método más que en la dignidad humana. El paciente o cliente conturbado, desconcertado o ansioso se da cuenta muy pronto de la sinceridad del consuelo que se le ofrece. Y lo mismo ocurre en el campo religioso: profesional es quien recomienda al sufriente que ore, pero no ora con él o por él.

          En los casos difíciles de relaciones humanas quebradas, el paciente está “fuera” de la órbita de acción del terapeuta. Puede que éste le diga: “Te comprendo.” Pero el paciente puede muy bien darle la misma respuesta que dio un niño a su padre cuando, mientras le pegaba, le decía: “Esto me duele a mí más que a vos.” El niño respondió: “Sí, pero no en el mismo lugar.” El profesionalismo, sea psicológico, sociológico o religioso vive en una casa de dos pisos. Durante el día de trabajo, el profesional baja a las miserias, males, pobreza, enfermedad y neurosis de sus clientes, pero siempre conserva su piso superior donde puede refugiarse en su inmunidad personal y profesional.

          No obstante, hoy está muy de moda sostener que el único recurso posible frente a las flechas de fuego que lanza la realidad es el abordaje psicológico de los problemas, ya sea como persona (auto ayuda) o con un profesional (psicólogo). La pregunta que cabe levantar es si no hay más recurso que el psicológico. Por cierto, lo hay, pero en un orden totalmente distinto. Se trata del recurso espiritual. En la esfera espiritual, el amor es el gran recurso, que se expone a sí mismo al desamor y al anti amor. El amor demanda exposición al odio de otros con el fin de absorberlo. Frente al mal, el amor lo convierte a uno en una esponja capaz de absorber la rebelión y el odio, y disolverlos con perdón y olvido. ¿No ha sido ésta la fórmula de salud emocional y espiritual de quienes han sobrevivido el Holocausto con integridad y felicidad? Esta fue la actitud de Jesús en la cruz, cuando dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.”

          Es fácil amar cuando uno es amado, pero amar cuando el amor no es recíproco requiere de un amor que sólo puede venir del cielo. Sin embargo, Dios creó al ser humano con esta capacidad. El primer animal que, en su lucha por la supervivencia, hubiera vuelto la otra mejilla, habría perecido inmediatamente. Todos los afectos humanos de fraternidad y amistad se habrían extinguido en la lucha por la propia supervivencia. Pero el amor que absorbe al desamor no procede desde abajo sino desde arriba. Así como en las familias siempre hay unos hombros sobre los cuales recaen todas las cargas, así también en el universo está Dios, quien acoge en él todas las penas y pecados de sus criaturas, y no por ello deja de amarlas entrañablemente.

          Quien ama más es el más débil. ¡Cuán impotente es una madre frente al sufrimiento de su pequeño niño! ¡Qué frágil se siente un padre cuando ve sufrir a uno de los suyos! El amor de ellos hace que estén atentos a cualquier llanto o gemido, y se sobresaltan por cualquier indicación de peligro. El amor de Dios por nosotros es mucho más grande, y por ello mismo, él es mucho más débil y frágil. ¿Acaso no se dejó escupir, torturar, lacerar, clavar sobre una cruz y morir por amor a nosotros? ¿No es la demostración más elocuente de su amor por nosotros que siendo pecadores Cristo murió por nosotros?

          Ante corazones impenetrables, el gran corazón del Señor ama y absorbe todos nuestros males; ama y perdona todos nuestros pecados; ama y olvida todas nuestras transgresiones. Y exclama: “¡No saben lo que hacen!” El perdón nos coloca adentro del que no perdona, y hace posible la recompensa porque el mal hecho no es recordado. Todo ser humano intuye que en alguna parte tiene que haber Alguien que cargue con todos los dolores, pesares, sufrimientos, pecados, contradicciones y aflicciones humanas. Alguien que se duela con el que gime, se preocupe con el que está enfermo, acompañe a quien está cautivo, y derrame lágrimas frente a la realidad lacerante del pecado. Mientras el amor sea profesional o imperfecto no será posible levantar una barrera contra el mal en todas sus formas y seguiremos “fuera de onda.” Pero el Amor que absorbe al odio y la rebeldía; el Amor que perdona y olvida; el Amor que se hizo carne y vivió entre nosotros para liberarnos de nosotros mismos, ese Amor es el que nos cubre de veras de todo mal y nos promueve para todo bien. Ese Amor es Cristo, a quien el apóstol Pablo alaba, cuando dice que nuestra “vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3.3).

Pablo Deiros

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El desquiciamiento en nuestra cultura posmoderna se pone de manifiesto, a veces, con una expresión típica del mundo de la radio y la televisión: “fuera de onda” o “fuera de sintonía.”

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DE LO FICTICIO A LO REAL

DE LO FICTICIO A LO REAL

Nos cuesta mucho a los seres humanos evitar los extremos. Siempre nos resulta más fácil ver la realidad en blanco y negro, que en Technicolor. Y esto es bien cierto en relación con la tecnología, la gran señora de nuestro tiempo. Están aquellos que la demonizan como la madre de todos los males, y están los otros que la ven como la salvadora de la humanidad. De alguna manera, ambas concepciones ponen en evidencia la fe ciega y el temor irracional que proyectamos sobre la tecnología y su deificación cultural.

No obstante, es cierto que, con la popularización de los video-juegos y la proliferación de efectos especiales, que superan en mucho a la realidad, estamos siendo testigos del surgimiento de una generación que maneja con más destreza el joystick que sus neuronas, y conoce mejor el teclado de su PC que los impulsos que los dominan. De hecho, todo parece indicar que los jóvenes de hoy son más impulsivos, están hiper-estimulados, y tienen atrofiada su capacidad de reflexión. Quizás la constatación más dura de digerir es que, en general, parecen tener un nivel muy bajo de conciencia moral.

Sin embargo, el problema más grande parece ser la incapacidad de distinguir con claridad entre la ficción y la realidad, entre lo real y lo falso. En un mundo en el que la tecnología puede transformar a la naturaleza como nunca antes en la historia de la raza humana, no es de sorprender que sea así. No falta mucho para que al encontrarnos con un amigo por la calle nos veamos forzados a preguntarle: “¿Sos vos o es tu clon?” El mundo de lo virtual se está desarrollando a pasos agigantados, y con ello se estrecha cada vez más la franja entre lo real y lo ficticio.

De un modo particular, la realidad se ha encapsulado en el perímetro de una pantalla, sea ésta la del cine, la del video-juego, la del celular, la del televisor o la de la computadora. La cuestión es que durante largas horas del día nos asomamos (¿o imaginamos?) la realidad a través de estas “pantallas.” El problema se agrava porque cada vez que nos sumergimos en ellas inevitablemente perdemos algo de nuestra libertad. De hecho, del momento mismo en que apretamos el botón de ON perdemos total y absolutamente el control de nuestra propia experiencia de la realidad y entramos, como Alicia, el personaje central del famoso cuento de Lewis Carroll, en un mundo de fantasía o maravillas. En otras palabras, la realidad más real en ese momento es la realidad de las pantallas.

Si a esto agregamos el grado creciente de perfeccionamiento de la ficción a través del desarrollo de las técnicas de efectos especiales, llegamos a un punto donde uno se pregunta qué es lo simulado y qué es lo real. Viajar en la cabina del piloto de un jet es una experiencia que queda opacada cuando se la compara con lo que puede llegar a experimentarse con un simulador de vuelo virtual. Hoy más que nunca antes es bien cierto aquello de que la ficción supera la realidad.

Ahora bien, si se tratara simplemente de la imitación de unas zapatillas Nike, o la falsificación de un billete de cien dólares, o la reproducción de un perfume de marca, la cosa no sería tan grave. Pero ocurre que hoy por hoy lo que se está clonando es la realidad como un todo, el mundo en el que vivimos y nos movemos. La película The Truman Show con el actor Jim Carrey y aquella otra con Dustin Hoffman y Robert De Niro titulada en inglés Wag the Dog (“Mentiras peligrosas”), nos llaman la atención sobre esta cuestión. La pregunta del día es, “¿Es esto real o falso, auténtico o simulado, genuino o imitación, original o copia?” Hoy la tecnología tiene la asombrosa capacidad de crear casi a la perfección lo que Dios creó perfecto. Y esto nos confunde un montón.

¿Será por esto que los reality shows están a la orden del día? Da la impresión que la tecnología de lo ficticio ha generado en nosotros un hambre de autenticidad y realidad insaciable. En tiempos como estos, en los que resulta tan difícil distinguir lo real de lo ficticio, la autenticidad adquiere un rango extraordinario. La autenticidad bien puede ser la perla de gran precio que muchas personas están buscando. ¿Acaso no es este el “gancho” predilecto de muchas grandes marcas en sus campañas publicitarias? La autenticidad parece ser el argumento contundente y más convincente para mover la voluntad de muchas personas que ya están hartas de los artículos clonados, los productos transgénicos o manipulados genéticamente, los políticos truchos, y los textos fotocopiados.

Los certificados de autenticidad, los autógrafos, las biografías, las memorias, los documentales, los shows en vivo, y los testimonios personales se cotizan hoy muy alto en el mercado de los valores humanos. Se percibe en la sociedad un grado creciente de aprecio por lo real y lo auténtico, y un rechazo cada vez más drástico por todo lo que suene a “sanata,” “camelo,” “cuento,” “ficción,” “hipocresía,” “copia carbónica,” “imitación,” o mera repetición irreflexiva de lo que otros han dicho o escrito.

Para nosotros, los cristianos, esto representa una extraordinaria oportunidad de testimonio. La gente no es tan estúpida como algunos creen y sabe distinguir muy bien entre un profeta falso y uno verdadero, entre un predicador sofista y un vocero de Dios, entre un milagrero y alguien que ministra con señales y prodigios, entre una vida religiosa y una vida regenerada. A su vez, esto significa una gran responsabilidad y desafío. Si hasta ahora algunos especularon con atraer a las personas con la gramática de la fe en lugar de una fe transformadora, van a descubrir que la gente ya no los oye. A otros que insisten con ciertos enunciados hipócritas de principios doctrinales de fabricación propia, en lugar de la proclamación con denuedo del evangelio del reino, el hambre de autenticidad de las personas les va a reclamar a gritos un cambio de enfoque, si es que quieren tener audiencia.

En un mundo donde la información se transmite en fracción de segundos y las personas pueden trasladarse de un continente a otro en cada vez menos tiempo, el clima parece propicio para la imitación masiva, las copias perfectas, los trucos imposibles de descifrar, y las simulaciones imperceptibles. Pero también es cierto que en este mismo mundo y por las mismas razones hay millones a la búsqueda de lo auténtico y real. Hombres y mujeres, como nunca antes, se están preguntando como Pilato “¿Qué es verdad?” Y nosotros tenemos una poderosa respuesta. No la falsifiquemos ni la hagamos trucha.


©2019, Pablo A. Deiros.

Pablo Deiros

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Nos cuesta mucho a los seres humanos evitar los extremos. Siempre nos resulta más fácil ver la realidad en blanco y negro, que en Technicolor. Y esto es bien cierto en relación con la tecnología, la gran señora de nuestro tiempo. Están aquellos que la demonizan como la madre de todos los males, y están los otros que la ven como la salvadora de la humanidad.

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¿LOCAL O GLOBAL?

¿LOCAL O GLOBAL?

Que la globalización es un hecho, nadie lo discute. Que todo el mundo entiende de qué se trata, ésa es otra cuestión. Algunos piensan que se trata del incremento en el número de países miembros en las Naciones Unidas. Otros entienden que es la posibilidad que tenemos ahora de hablar por teléfono con cualquier lugar del mundo. Aun otros reducen su definición al establecimiento de una red mundial de comercio, de relaciones políticas o de influencias culturales. Lo cierto es que la globalización es como la gripe: todo el mundo la sufre, pero son pocos los que la pueden explicar.

          No pretendo en este espacio ofrecer tal explicación. Más bien, asumo que todos somos conscientes de la realidad de eso que se ha denominado globalización y que de alguna manera estamos inmersos en ella. Y esto va mucho más allá de lo meramente económico. Si bien es cierto que ya existe una moneda mundial (y no es el dólar norteamericano, sino las tarjetas de crédito y el dinero electrónico), todavía nos afanamos por mantener un cierto grado de identidad propia. La realidad es que cuanto más ligados nos encontramos económicamente a nivel mundial, tanto más deseamos ser libres para afirmar nuestros rasgos distintivos.

          Es interesante notar que mientras las alianzas económicas parecen ampliarse y la cultura se globaliza, crece el aprecio por lo local y autóctono, la independencia política y el gobierno propio. Mientras que en el fútbol se multiplica el entusiasmo por la Copa Mundial, la Copa Libertadores, la Copa Sudamericana, etc., la gente parece hoy ser más fanática de Boca Juniors o el América. Tal parece que cuanto más amplias son las redes de relaciones, tanto más se estima el valor de cada componente que la integra.

          Lo indicado en el párrafo anterior resulta paradójico y señala a una de las aparentes contradicciones de nuestro tiempo entre lo local y lo global, lo tribal y lo universal. El término “tribalismo” reapareció en el vocabulario universal hace menos de quince años y, lamentablemente, con connotaciones negativas. El periodismo internacional calificaba de “virus de tribalismo” la actitud prevaleciente de algunos regímenes en el mundo que implementaban la limpieza étnica, la exclusión económica, o el control político.

          No obstante, ya tenemos suficiente experiencia histórica como para entender que los extremos (y mucho más los extremismos) siempre son dañinos. Lo ideal sería un balance entre lo tribal y lo universal. En general, una actitud democrática siempre va a valorar y magnificar el valor de lo tribal junto con el derecho que asiste a cada uno de juntarse con quien quiera. Pero el tribalismo no debe ser confundido con fundamentalismo, fanatismo, o exclusivismo. Estos últimos elementos pocas veces expresan un sano tribalismo que ayude a la inserción con lo universal, y sí generalmente resultan en la exclusión de otros a quienes arbitrariamente se considera como ajenos a la tribu. Cuando la tribu se considera más importante que el individuo y el mundo, o se ponen en riesgo los principios universales y las consideraciones individuales, el tribalismo se desvirtúa.

          El verdadero tribalismo es la creencia en la fidelidad al tipo propio, definido por la etnicidad, el lenguaje, la cultura, la religión, e incluso, la profesión. El desarrollo de este tribalismo, que se define por lo esencial, lo básico, lo común, y no por lo individual o singular, es muy importante en un mundo globalizado. El grado de comunidad que logren los seres humanos estará determinado por sus rasgos distintivos. Pero conviene recordar que, con la globalización, un individuo puede definir su identidad a partir de su pertenencia a varias tribus. Yo soy nacido en Paraguay, criado en Rosario, naturalizado argentino, pastor, docente, miembro de una iglesia bautista, casado, padre de tres varones, hincha de Rosario Central, y hablo cinco idiomas, entre varias otras cosas.

          Ahora, ¿cómo entender lo tribal en un mundo que es cada vez más global? La Nueva Era levantó como lema aquello de “Piensa globalmente; actúa localmente.” Sin embargo, parece ser que hoy lo más adecuado sería “Piensa localmente; actúa globalmente.” Esto significa que cualquier institución o nucleamiento o comunidad humana debe funcionar como una tribu. Esto de por sí involucra un alto grado de identidad y la capacidad de pensar más o menos de la misma manera, a fin de poder actuar hacia fuera más efectivamente.

          No obstante, “pensar más o menos de la misma manera” no significa que todos los miembros de la tribu tienen que pensar lo mismo (o hacer lo mismo). En realidad, lo que define la tribu no es tanto una suerte de clonación ideológica como el hecho de que hay dos elementos identificantes básicos, como “evangélicos” y “latinoamericanos.” En este sentido, “pensar localmente” es pensar como “evangélicos latinoamericanos,” lo cual no es lo mismo que pensar como “evangélicos norteamericanos,” “evangélicos europeos,” o cualquier otra tribu. Es precisamente esto lo que nos permite, a su vez, actuar globalmente y hacerlo junto con otras tribus en un proyecto global, como es el reino de Dios.

          El fenómeno de globalización es irreversible e inevitable. De modo que cuanto más globales nos vamos tornando, tanto más tribalmente debemos pensar. Es tiempo que asumamos con valor la responsabilidad de pensar por nosotros mismos. Después de más de dos siglos de testimonio evangélico en América Latina, es hora que nos pongamos los pantalones largos y nos atrevamos a  reflexionar con madurez sobre nuestra identidad. Y esto no puede hacerse mirando hacia atrás, si bien la herencia recibida no debe ser dejada de lado. Pero es vital que procuremos encarar los desafíos que nos plantea la realidad local y global ensayando sin temor nuevos caminos y alternativas.

          Este proceso de responder de manera coherente y efectiva a la demanda de balancear lo local y lo global, no puede tener éxito con actitudes fundamentalistas o planteos exclusivistas. Por el contrario, es en la diversidad donde la identidad adquiere su mayor riqueza y eficacia. Unanimidad y unidad no tienen nada que ver con uniformidad.

Todos oramos y deseamos un auténtico avivamiento espiritual sobre nuestro continente y el mundo entero. Sin embargo, el camino de la uniformidad, es decir, que todos estemos obligados a seguir una forma a fin de ser parte de la tribu, es el camino de la religión, es el camino de los fariseos a quienes Jesús reprendió. El camino cristiano es el de la unanimidad y el de la unidad. Lo primero significa que tenemos “un alma,” y este es el camino de la renovación espiritual (Hch. 2.1), que tanta falta nos hace. La unidad, por otro lado, significa que en la diversidad nos constituimos como un cuerpo, el cuerpo de Cristo (Jn. 17), y éste es el camino del avivamiento que tanto anhelamos.

Así, pues, local y global no son términos contradictorios en la ecuación de la realidad presente, sino complementarios. Y la manera de mantenerlos en un sano balance es afirmando los principios bíblicos de la unanimidad y unidad en el contexto de la diversidad.

 

Pablo Deiros

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Que la globalización es un hecho, nadie lo discute. Que todo el mundo entiende de qué se trata, ésa es otra cuestión. Algunos piensan que se trata del incremento en el número de países miembros en las Naciones Unidas. Otros entienden que es la posibilidad que tenemos ahora de hablar por teléfono con cualquier lugar del mundo.

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LA HISTORIA DEL CRISTIANISMO

LA HISTORIA DEL CRISTIANISMO

El estudio de la historia del cristianismo es de gran provecho para el líder cristiano. Primero, el estudio de la historia del cristianismo reafirma la fe del creyente en la validez de su mensaje y obra. No hay una explicación adecuada para la vitalidad continua del testimonio cristiano frente a las tremendas dificultades por las que ha atravesado, que no sea la validez del mensaje que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo. Los frutos de la proclamación de este mensaje renuevan la fe en la obra del Espíritu Santo, como agente de la acción redentora de Dios en la historia. El testimonio cristiano ha hecho una contribución significativa al desarrollo de la humanidad.

  1. El cristianismo ha revalorizado la vida del ser humano individual y la sociedad como un todo. Esto ha tenido un impacto especial en los grupos humanos más oprimidos, las mujeres, los niños, los enfermos, los marginados, los prisioneros y los esclavos. El cristianismo también presenta el concepto más alto de sociedad: el reino de Dios, la sociedad de los redimidos bajo el señorío de Cristo.
  2. El cristianismo ha revalorizado el trabajo del ser humano. En lugar de ser una fuente de humillación y explotación, el testimonio cristiano ha enseñado que el trabajo es una oportunidad para glorificar a Dios y cumplir el destino propio como mayordomo de su creación. El cristianismo ha contribuido a la elevación social de los trabajadores alrededor del mundo.
  3. El cristianismo ha revalorizado la educación del ser humano. Gracias al testimonio cristiano, la educación ya no es entendida como un privilegio para unos pocos, sino como un derecho para todos, sin exclusiones. El ejercicio de este derecho inalienable es esencial para el desarrollo de la dignidad de cada persona. Debe recordarse que los primeros en ofrecer oportunidades de educación a las mujeres fueron cristianos.
  4. El cristianismo ha revalorizado la historia del ser humano. El testimonio cristiano ha provisto de una nueva interpretación de la historia, que ofrece esperanza para la humanidad y sentido al devenir. El cristianismo cambió el concepto griego de la historia como una serie de ciclos dominados por el destino o la fortuna. La fe cristiana toma en cuenta tanto la inmanencia como la trascendencia de Dios en los eventos de este mundo. Pero reconoce que el ser humano no alcanzará su destino final dentro de la historia, sino que evoca su esperanza para que mire más allá de la historia a la victoria final en Cristo.
  5. El cristianismo ha revalorizado las relaciones del ser humano. Su mensaje habla de la eliminación de prejuicios, odios, racismo, discriminación, e invita a todos los seres humanos a reconciliarse con Dios y los unos con los otros. El llamado a la reconciliación incluye la idea de una nueva fraternidad y solidaridad entre los seres humanos, que tiene que encontrar expresión concreta en la vida de la comunidad de fe, como modelo de comunidad humana.

          Segundo, el estudio de la historia del cristianismo demuestra la falacia de confundir los perfiles culturales del cristianismo con el evangelio mismo. En la historia del cristianismo es posible ver períodos áridos y oscuros, cuando apenas la cáscara externa de la religión parecía estar intacta. Las Cruzadas, los papas renacentistas, la imposición del cristianismo a los pueblos nativos en América Latina, los destinos manifiestos y los imperialismos mesiánicos son apenas algunos pocos ejemplos de la confusión entre subproductos culturales de la fe y el evangelio cristiano. La confusión de la fe cristiana con la cultura occidental ha sido frecuente, y generalmente con resultados deplorables.

          El estudio del pasado adquiere un valor especial cuando el estudiante reconoce su propio papel en el curso de la historia. Cuando tomamos conciencia que somos protagonistas y peregrinos en el tiempo, entonces estamos listos para aprender más y mejor de la historia. Esta actitud hace que el estudio del pasado no resulte aburrido ni difícil, y que se reavive nuestro interés por los eventos acontecidos. De allí que una adecuada aproximación a la historia del testimonio cristiano debe hacerse “desde el camino” y no “desde el balcón,” para expresarlo en los conocidos términos usados por Juan A. Mackay, el célebre misionero presbiteriano en Perú.

 

Pablo Deiros

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El estudio de la historia del cristianismo es de gran provecho para el líder cristiano. Primero, el estudio de la historia del cristianismo reafirma la fe del creyente en la validez de su mensaje y obra. No hay una explicación adecuada para la vitalidad continua del testimonio cristiano frente a las tremendas dificultades por las que ha atravesado, que no sea la validez del mensaje que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo.

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