DE LO FICTICIO A LO REAL

Nos cuesta mucho a los seres humanos evitar los extremos. Siempre nos resulta más fácil ver la realidad en blanco y negro, que en Technicolor. Y esto es bien cierto en relación con la tecnología, la gran señora de nuestro tiempo. Están aquellos que la demonizan como la madre de todos los males, y están los otros que la ven como la salvadora de la humanidad. De alguna manera, ambas concepciones ponen en evidencia la fe ciega y el temor irracional que proyectamos sobre la tecnología y su deificación cultural.

No obstante, es cierto que, con la popularización de los video-juegos y la proliferación de efectos especiales, que superan en mucho a la realidad, estamos siendo testigos del surgimiento de una generación que maneja con más destreza el joystick que sus neuronas, y conoce mejor el teclado de su PC que los impulsos que los dominan. De hecho, todo parece indicar que los jóvenes de hoy son más impulsivos, están hiper-estimulados, y tienen atrofiada su capacidad de reflexión. Quizás la constatación más dura de digerir es que, en general, parecen tener un nivel muy bajo de conciencia moral.

Sin embargo, el problema más grande parece ser la incapacidad de distinguir con claridad entre la ficción y la realidad, entre lo real y lo falso. En un mundo en el que la tecnología puede transformar a la naturaleza como nunca antes en la historia de la raza humana, no es de sorprender que sea así. No falta mucho para que al encontrarnos con un amigo por la calle nos veamos forzados a preguntarle: “¿Sos vos o es tu clon?” El mundo de lo virtual se está desarrollando a pasos agigantados, y con ello se estrecha cada vez más la franja entre lo real y lo ficticio.

De un modo particular, la realidad se ha encapsulado en el perímetro de una pantalla, sea ésta la del cine, la del video-juego, la del celular, la del televisor o la de la computadora. La cuestión es que durante largas horas del día nos asomamos (¿o imaginamos?) la realidad a través de estas “pantallas.” El problema se agrava porque cada vez que nos sumergimos en ellas inevitablemente perdemos algo de nuestra libertad. De hecho, del momento mismo en que apretamos el botón de ON perdemos total y absolutamente el control de nuestra propia experiencia de la realidad y entramos, como Alicia, el personaje central del famoso cuento de Lewis Carroll, en un mundo de fantasía o maravillas. En otras palabras, la realidad más real en ese momento es la realidad de las pantallas.

Si a esto agregamos el grado creciente de perfeccionamiento de la ficción a través del desarrollo de las técnicas de efectos especiales, llegamos a un punto donde uno se pregunta qué es lo simulado y qué es lo real. Viajar en la cabina del piloto de un jet es una experiencia que queda opacada cuando se la compara con lo que puede llegar a experimentarse con un simulador de vuelo virtual. Hoy más que nunca antes es bien cierto aquello de que la ficción supera la realidad.

Ahora bien, si se tratara simplemente de la imitación de unas zapatillas Nike, o la falsificación de un billete de cien dólares, o la reproducción de un perfume de marca, la cosa no sería tan grave. Pero ocurre que hoy por hoy lo que se está clonando es la realidad como un todo, el mundo en el que vivimos y nos movemos. La película The Truman Show con el actor Jim Carrey y aquella otra con Dustin Hoffman y Robert De Niro titulada en inglés Wag the Dog (“Mentiras peligrosas”), nos llaman la atención sobre esta cuestión. La pregunta del día es, “¿Es esto real o falso, auténtico o simulado, genuino o imitación, original o copia?” Hoy la tecnología tiene la asombrosa capacidad de crear casi a la perfección lo que Dios creó perfecto. Y esto nos confunde un montón.

¿Será por esto que los reality shows están a la orden del día? Da la impresión que la tecnología de lo ficticio ha generado en nosotros un hambre de autenticidad y realidad insaciable. En tiempos como estos, en los que resulta tan difícil distinguir lo real de lo ficticio, la autenticidad adquiere un rango extraordinario. La autenticidad bien puede ser la perla de gran precio que muchas personas están buscando. ¿Acaso no es este el “gancho” predilecto de muchas grandes marcas en sus campañas publicitarias? La autenticidad parece ser el argumento contundente y más convincente para mover la voluntad de muchas personas que ya están hartas de los artículos clonados, los productos transgénicos o manipulados genéticamente, los políticos truchos, y los textos fotocopiados.

Los certificados de autenticidad, los autógrafos, las biografías, las memorias, los documentales, los shows en vivo, y los testimonios personales se cotizan hoy muy alto en el mercado de los valores humanos. Se percibe en la sociedad un grado creciente de aprecio por lo real y lo auténtico, y un rechazo cada vez más drástico por todo lo que suene a “sanata,” “camelo,” “cuento,” “ficción,” “hipocresía,” “copia carbónica,” “imitación,” o mera repetición irreflexiva de lo que otros han dicho o escrito.

Para nosotros, los cristianos, esto representa una extraordinaria oportunidad de testimonio. La gente no es tan estúpida como algunos creen y sabe distinguir muy bien entre un profeta falso y uno verdadero, entre un predicador sofista y un vocero de Dios, entre un milagrero y alguien que ministra con señales y prodigios, entre una vida religiosa y una vida regenerada. A su vez, esto significa una gran responsabilidad y desafío. Si hasta ahora algunos especularon con atraer a las personas con la gramática de la fe en lugar de una fe transformadora, van a descubrir que la gente ya no los oye. A otros que insisten con ciertos enunciados hipócritas de principios doctrinales de fabricación propia, en lugar de la proclamación con denuedo del evangelio del reino, el hambre de autenticidad de las personas les va a reclamar a gritos un cambio de enfoque, si es que quieren tener audiencia.

En un mundo donde la información se transmite en fracción de segundos y las personas pueden trasladarse de un continente a otro en cada vez menos tiempo, el clima parece propicio para la imitación masiva, las copias perfectas, los trucos imposibles de descifrar, y las simulaciones imperceptibles. Pero también es cierto que en este mismo mundo y por las mismas razones hay millones a la búsqueda de lo auténtico y real. Hombres y mujeres, como nunca antes, se están preguntando como Pilato “¿Qué es verdad?” Y nosotros tenemos una poderosa respuesta. No la falsifiquemos ni la hagamos trucha.


©2019, Pablo A. Deiros.

Pablo Deiros

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