IMPENETRABILIDAD

El desquiciamiento en nuestra cultura posmoderna se pone de manifiesto, a veces, con una expresión típica del mundo de la radio y la televisión: “fuera de onda” o “fuera de sintonía.” Los padres lo dicen de sus hijos cuando les suplican que regresen al hogar antes del amanecer y sin olor a alcohol. Los esposos se acusan mutuamente de ser como carbones encendidos, mientras se lastiman el uno al otro. Los psiquiatras se lamentan de los pacientes que se rehúsan a mostrarse tal como son. En alguna parte debe haber un botón que cierre la puerta con el cartel que dice “EXIT” y que corte los mensajes de texto y toda la maraña de confusión que nos llega por Facebook, Instagram, …… Todos anhelamos el milagro de la liberación de nuestras mentes del bombardeo incesante de cosas, que cotidianamente nos perturban. ¿Cómo podemos ser más indiferentes o impenetrables frente a la realidad pixelada que nos inunda? ¿Dónde está el paraguas que nos proteja de la lluvia ácida de los problemas inevitables?

          Los psicólogos han estado abordando ese fenómeno, que muy bien podría denominarse como “impenetrabilidad.” Algunos han tratado de alentarlo con consejos concentrados en el cliente; otros propugnando la transferencia de un estado de ánimo hacia otro más beneficioso o tolerable; otros propiciando intereses afines o aplicando lo que llaman “método educativo” con el fin de aligerar al paciente de su carga emocional y espiritual. Estos recursos han tenido un cierto éxito, pero todo depende de la disposición de la persona a levantar sus propias defensas. No obstante, el sistema inmunológico de la mayoría de las personas parece padecer de un estado deficitario crónico.

          Además, la ayuda externa no siempre resulta saludable. El fracaso de los profesionales de la conducta humana en lograr la actitud adecuada en los casos más difíciles se debe, mayormente y precisamente, a su “profesionalismo.” Se considera un buen profesional a todo aquel que se interesa más en el caso que en la persona, en la enfermedad más que en el paciente, y en el método más que en la dignidad humana. El paciente o cliente conturbado, desconcertado o ansioso se da cuenta muy pronto de la sinceridad del consuelo que se le ofrece. Y lo mismo ocurre en el campo religioso: profesional es quien recomienda al sufriente que ore, pero no ora con él o por él.

          En los casos difíciles de relaciones humanas quebradas, el paciente está “fuera” de la órbita de acción del terapeuta. Puede que éste le diga: “Te comprendo.” Pero el paciente puede muy bien darle la misma respuesta que dio un niño a su padre cuando, mientras le pegaba, le decía: “Esto me duele a mí más que a vos.” El niño respondió: “Sí, pero no en el mismo lugar.” El profesionalismo, sea psicológico, sociológico o religioso vive en una casa de dos pisos. Durante el día de trabajo, el profesional baja a las miserias, males, pobreza, enfermedad y neurosis de sus clientes, pero siempre conserva su piso superior donde puede refugiarse en su inmunidad personal y profesional.

          No obstante, hoy está muy de moda sostener que el único recurso posible frente a las flechas de fuego que lanza la realidad es el abordaje psicológico de los problemas, ya sea como persona (auto ayuda) o con un profesional (psicólogo). La pregunta que cabe levantar es si no hay más recurso que el psicológico. Por cierto, lo hay, pero en un orden totalmente distinto. Se trata del recurso espiritual. En la esfera espiritual, el amor es el gran recurso, que se expone a sí mismo al desamor y al anti amor. El amor demanda exposición al odio de otros con el fin de absorberlo. Frente al mal, el amor lo convierte a uno en una esponja capaz de absorber la rebelión y el odio, y disolverlos con perdón y olvido. ¿No ha sido ésta la fórmula de salud emocional y espiritual de quienes han sobrevivido el Holocausto con integridad y felicidad? Esta fue la actitud de Jesús en la cruz, cuando dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.”

          Es fácil amar cuando uno es amado, pero amar cuando el amor no es recíproco requiere de un amor que sólo puede venir del cielo. Sin embargo, Dios creó al ser humano con esta capacidad. El primer animal que, en su lucha por la supervivencia, hubiera vuelto la otra mejilla, habría perecido inmediatamente. Todos los afectos humanos de fraternidad y amistad se habrían extinguido en la lucha por la propia supervivencia. Pero el amor que absorbe al desamor no procede desde abajo sino desde arriba. Así como en las familias siempre hay unos hombros sobre los cuales recaen todas las cargas, así también en el universo está Dios, quien acoge en él todas las penas y pecados de sus criaturas, y no por ello deja de amarlas entrañablemente.

          Quien ama más es el más débil. ¡Cuán impotente es una madre frente al sufrimiento de su pequeño niño! ¡Qué frágil se siente un padre cuando ve sufrir a uno de los suyos! El amor de ellos hace que estén atentos a cualquier llanto o gemido, y se sobresaltan por cualquier indicación de peligro. El amor de Dios por nosotros es mucho más grande, y por ello mismo, él es mucho más débil y frágil. ¿Acaso no se dejó escupir, torturar, lacerar, clavar sobre una cruz y morir por amor a nosotros? ¿No es la demostración más elocuente de su amor por nosotros que siendo pecadores Cristo murió por nosotros?

          Ante corazones impenetrables, el gran corazón del Señor ama y absorbe todos nuestros males; ama y perdona todos nuestros pecados; ama y olvida todas nuestras transgresiones. Y exclama: “¡No saben lo que hacen!” El perdón nos coloca adentro del que no perdona, y hace posible la recompensa porque el mal hecho no es recordado. Todo ser humano intuye que en alguna parte tiene que haber Alguien que cargue con todos los dolores, pesares, sufrimientos, pecados, contradicciones y aflicciones humanas. Alguien que se duela con el que gime, se preocupe con el que está enfermo, acompañe a quien está cautivo, y derrame lágrimas frente a la realidad lacerante del pecado. Mientras el amor sea profesional o imperfecto no será posible levantar una barrera contra el mal en todas sus formas y seguiremos “fuera de onda.” Pero el Amor que absorbe al odio y la rebeldía; el Amor que perdona y olvida; el Amor que se hizo carne y vivió entre nosotros para liberarnos de nosotros mismos, ese Amor es el que nos cubre de veras de todo mal y nos promueve para todo bien. Ese Amor es Cristo, a quien el apóstol Pablo alaba, cuando dice que nuestra “vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3.3).

Pablo Deiros

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