Intoxicados de tecnología

A pesar del retraso crónico que padece nuestro continente en materia tecnológica, es asombroso el avance de los recursos técnicos en prácticamente todas las áreas de la vida humana. En un sentido muy real, hoy somos víctimas de una verdadera intoxicación tecnológica. La tecnología alimenta nuestro cuerpo y nuestra mente, si bien quizás a costas de nuestro espíritu. Es probable que ésta sea la razón número uno por la que cada día vivimos más desesperados en procura de encontrarle sentido a nuestras vidas.

La tecnología, especialmente en el campo de las comunicaciones, se ha transformado en una suerte de almohadón sobre el que recostamos nuestras vidas y la dejamos reposar de manera placentera. Pertenecemos a la generación tecnológicamente más avanzada que haya pisado el planeta, pero a su vez, somos quizás la más ansiosa e insatisfecha. Las promesas que la tecnología nos hace es música a nuestros oídos y fácilmente caemos en la ilusión de que con sólo un poco de dinero podemos hacer realidad todos los sueños que ella nos promete. En definitiva, esta felicidad tecnológica está tan al alcance de las manos como comprar una computadora más veloz, agregar más programas al disco rígido, y sumergirnos en ese Nirvana inagotable que es la Internet.

Sin embargo, desde una perspectiva cristiana, no podemos negar que la utopía tecnológica está vacía espiritualmente, y a la postre resulta insatisfactoria y peligrosa. Esto no quiere decir que la tecnología en sí sea mala. Pero cuando la transformamos en “el dios de este siglo” y en la fuente de sentido para nuestras vidas, entonces corremos el riesgo de caer en la más letal de todas las trampas, la que liquida nuestra vida espiritual.

De hecho, una sociedad intoxicada de tecnología manifestará ciertos síntomas que, a la corta o a la larga, producirán un grado peligroso de intoxicación y envenenamiento. Cuando la tecnología es el entretenimiento principal y se transforma en el foco de una devoción casi religiosa; cuando se llega a creer que todo en la vida, incluso las cosas espirituales, se pueden resolver como en la computadora con sólo apretar un botón e instantáneamente; cuando la realidad y la fantasía se confunden; cuando la persona toma distancia de la realidad y vive en otro mundo, es hora de desmitologizar la tecnología y llamarla por su nombre, “Nehustán” (ver 2 Reyes 18.4).

Para personas religiosas, como supongo son la mayor parte de los lectores de esta nota, el problema del vacío existencial y la búsqueda de sentido se supone que es un problema resuelto. Quienes hemos colocado nuestra fe en Cristo como Señor de nuestras vidas hemos visto cómo ese vacío ha sido llenado por el Espíritu Santo. Nuestro rumbo ahora se mueve en la dirección del eterno propósito de Dios en Cristo. Sin embargo, en esta era tecnológica no somos los únicos que encuentran en alguna forma de religión la satisfacción a su búsqueda de sentido. En los Estados Unidos hoy hay mucha más gente que pertenece a una iglesia, sinagoga, templo o mezquita (70% hoy comparado con 17% en 1776) que en cualquier otro momento de su historia. Los norteamericanos parecen muy dispuestos a abrazar la seguridad y santidad de la religión y la espiritualidad. Esto es todavía más cierto en relación con América Latina. La gente se está tornando cada vez más mística, por decirlo de alguna manera.

Todo el planeta parece estar introduciéndose en una era de gran avivamiento religioso. Lo religioso y espiritual se presenta en prácticamente todos los contextos de la vida humana. La experiencia religiosa se está tornando cada vez más popular. Los libros religiosos están batiendo récords de venta (en Estados Unidos solamente se ha dado un incremento del 150% desde 1991 a 1997 en este rubro, comparado con apenas un 35% en el resto de la industria del libro). Por supuesto que en esta “primavera” de espiritualidad no sólo florecen las flores más hermosas, sino también un montón de malezas salvajes y espinas de todo tipo.

Por otro lado, parece ser evidente que a medida que los lazos tradicionales entre las diversas generaciones se van rompiendo, y los lazos dentro de las familias nucleares se van debilitando, los canales tradicionales para el intercambio de valores y el ejercicio de una sabiduría práctica, como son la familia extendida, la iglesia y la comunidad, también van siendo reemplazados por la cultura popular. Esta cultura popular se está volviendo en masa a las tecnologías de la información, la TV, los videos, las revistas, y los libros de auto-ayuda en procura de respuestas a las preguntas fundamentales de la vida.

La televisión y, de manera muy particular las redes sociales, han ocupado el lugar del pastor, la madre y el padre. Los maestros de vida y quienes preparan las recetas mágicas para los problemas de todos los días no son filósofos, ni teólogos, ni siquiera personas a las que se les reconozca una cuota decente de sentido común. Más bien son actores y actrices oportunistas, personas que hablan rápido y todos al mismo tiempo como para que no se pueda seguir su pensamiento (si es que tienen alguno), vedettes, trasvestis, políticos de cuarta, y una fauna de atrevidos y desfachatados que juegan el papel de sofistas.

La tecnología nos ha domesticado al punto de que hemos llegado a creer que la solución al vacío interior y la búsqueda de sentido en la vida es tan accesible como la web, y que se consigue con sólo apretar la tecla izquierda del mouse. Esto ha generado una cultura no de la cura radical de los males humanos, sino de un placebo inmediato y superficial. Pero lo que el ser humano de hoy necesita no es el emplasto rápido de la sanidad virtual, sino la intervención del Médico celestial que puede operar nuestras vidas sacando el corazón de piedra muerto y transplantando un corazón de carne (Ezequiel 11.19; 36.26).

Es muy fácil en estos días ser seducido por las promesas encandilantes de la tecnología en un contexto que está intoxicado de tecnología. No es tan fácil llamar a las personas a una auténtica espiritualidad, cuando la TV, los video-juegos, la Internet, la radio, las redes sociales y otros medios de comunicación están invadiendo la persona individual, la familia y la sociedad como un todo con una avalancha de placebos que brindan satisfacción momentánea, pero no resuelven el problema humano fundamental.

Como cristianos que en Cristo hemos encontrado todo, tenemos el deber supremo de denunciar la idolatría de la tecnología y anunciar al Dios verdadero. Es en él, a través de la fe en Jesucristo, que las personas pueden encontrar la satisfacción definitiva a sus más íntimos anhelos y el sentido y significado que están buscando para sus vidas.

Pablo Deiros

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