LA MUERTE DE UNA NACION

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste! Pues bien, la casa de ustedes va a quedar abandonada. Y les advierto que ya no volverán a verme hasta que digan: ‘¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!’” (Mateo 23.37-39).

 

El 9 de julio de 1816 nació una nación (Argentina). La independencia de un pueblo es el germen de su libertad y el comienzo de su gestación como nación. Esto es lo que ocurrió en Tucumán (Argentina) hace dos siglos. Pero es importante que los argentinos y todos los latinoamericanos seamos bien conscientes de que las naciones, al igual que las personas, nacen y también pueden morir. La libertad, la paz, la justicia, el amor y la verdad no son bienes que tengan garantía de continuidad en la vida de las naciones, a menos que se trabaje responsablemente por conseguirlos y cuidarlos a través de un ejercicio moralmente responsable delante de Dios.

En la vida de todo ser humano y nación llega un momento en el que, en la lucha entre la verdad y la mentira, debe tomarse una decisión. Esta opción por el camino bueno o el camino malo es ineludible y crucial. Un momento así había llega-do a la nación de Judea, en los días de Jesús, y ésta había fracasado en la prueba al no tomar la decisión correcta. Al igual que Babilonia en la antigüedad, la nación judía había sido pesada en la balanza y había sido hallada en falta. Lo que podía haber sido el momento más grande de su historia se transformó en su hora más terrible. Después de infinitas oportunidades, Dios les estaba dando la última y la más grande de todas al enviarle al Mesías Jesús. Pero lo rechazaron en forma terminante y final, y lo único que quedó fue el pronunciamiento de un juicio, un juicio que no fue expresado con los tonos ásperos de la ira, sino con los suspiros de un corazón quebrantado.

En un sentido muy real, el juicio pronunciado por Jesús sobre Jerusalén marca el fin de una era en la historia universal. Esto no significó el fin de la historia misma. Pero sí anunció el fin de una nación en lo que hace al propósito de Dios para ella. Según las propias palabras de Jesús, el reino de Dios fue tomado de esta nación y fue dado a otro pueblo de su propia elección. Como leemos en Mateo 21.43: “Por eso les digo que el reino de Dios se les quitará y se le entregará a un pueblo que produzca los frutos del reino.” 

La pregunta que deseo plantear en estos párrafos es: ¿Hemos alcanzado nosotros un momento crucial parecido a éste en la historia de nuestra nación? ¿Está nuestra propia nación frente a un juicio similar de parte de Dios? ¿O nos encontramos en el filo de una serie de eventos que pondrán fin a la historia misma para todo el mundo? Muchas mentes inquietas y preocupadas sienten que ésta última es una posibilidad muy cierta. William Voght en su libro Camino a la supervivencia dice: “La mano que escribe sobre la pared de los cinco continentes ahora nos está diciendo que el día del juicio está a las puertas.” Poco antes de su muerte en 1946, Herbert G. Wells, el autor de famosas novelas de aventura y ciencia ficción, en uno de sus libros, La mente astiada, dice: “Yo predigo que la generación en la que usted y yo vivimos es la última generación sobre la tierra.” Y nada menos que una autoridad en historia como Arnold J. Toynbee señaló: “Las características estables de los últimos 6.000 años de historia civilizada se están cambiando y se están haciendo añicos.” 

  A la luz de estas impresiones, haríamos bien en preguntarnos si en medio de los rápidos eventos de la historia de nuestros días no está Jesús diciéndonos lo mismo que dijo hace casi dos mil años atrás: “¡Jerusalén, Jerusalén, … cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste! Pues bien, la casa de ustedes va a quedar abandonada.”

Siempre es doloroso y patético ver morir a una nación. Y éste es el pensamiento que está detrás de las palabras de dolor de Jesús sobre Jerusalén. Para evitar que nuestra nación se diluya en anarquía, confusión, corrupción y violencia, es necesario que, como Hijo Jesús, no sólo nos lamentemos por ella, sino que estemos dispuestos a dar la vida para su redención. Hoy no es necesario morir en un campo de batalla ni desangrarnos en guerras intestinas, como hicieron nuestros patriotas. Pero sí es necesario que oremos persistentemente por la paz de nuestro país y proclamemos el evangelio del reino para que pueda ser transformado. Cada nación de América Latina necesita desesperadamente de esta intervención santa de sus ciudadanos cristianos y comprometidos. 

 

© 2019, Pablo A. Deiros.

 

Pablo Deiros

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