SEGURIDAD

Después de lo ocurrido el martes 11 de setiembre de 2001 en Nueva York, nadie puede sentirse seguro otra vez en ninguna parte del mundo. A nivel nacional, la aceleración del proceso de empobrecimiento y postergación de enormes sectores de la población ha creado un clima de inestabilidad record en la historia del país. Los días que estamos transitando están marcados por el signo de la incertidumbre, la desorientación, la vulnerabilidad y el temor. Las imágenes del terror superlativo no sólo están profundamente grabadas en nuestras retinas, sino que martillan nuestras mentes con toda fuerza provocándonos una hiper-consciencia de cuán frágil es la vida humana.

Como nunca antes las palabras de la Biblia con respecto al ser humano cobran en nuestros días una dolorosa actualidad. “Destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos. No conocieron camino de paz, ni hay justicia en sus caminos” (Isaías 59.7).

Mientras tanto, en nuestra angustia interior, los seres humanos seguimos buscando la seguridad por caminos equivocados. Hay quienes creen hallarla en el neopaganismo tecnológico, en el neoliberalismo económico descarnado, en el espiritualismo de la Nueva Era, en la nueva globalización de la cultura, o en cualquier otro placebo para los viejos dolores y aflicciones humanos.

Sin embargo, como bien puede constatarse en estos días, ninguno de todos estos caminos es suficiente para tranquilizar las conciencias inquietas y las vidas en zozobra existencial. Heriberto G. Wells, un brillante escritor inglés, modernista y visionario pero agnóstico, muerto en 1946, escribió estas reveladoras palabras: “No puedo ajustarme para obtener una paz fecunda. A los sesenta años de edad, todavía estoy buscando la paz.”

No faltan quienes en estos días de frivolidad e irresponsabilidad moral están procurando encontrar paz y seguridad para sus vidas volcándose a un hedonismo descontrolado. Para estas personas, el placer en todas sus formas es la única manera en que se puede olvidar la angustia que produce la inseguridad. Su filosofía de vida parece coincidir con la que en la antigüedad denunciaba el profeta Isaías: “Comamos y bebamos porque mañana moriremos” (Isaías 22.13).

Muchos intentan escapar de la angustia que produce la inseguridad presente buscando refugio en todo tipo de adicciones. Pero esta es también una empresa inútil. Amado Nervo, el célebre poeta mexicano, tenía mucha razón cuando escribía: “En vano queremos cubrirnos de flores/ Callar nuestras penas, mostrarnos contentos/ No pueden las dichas del mundo quitarnos/ las nieves de dentro.”

No obstante, frente a este cuadro de inseguridad endémica que todos padecemos, nos encontramos con Alguien que hoy, como ayer, nos habla de tal manera que llena nuestro corazón de una dulce paz cuando nos dice: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí” (Juan 14.1).

Este Alguien es Cristo, quien, frente a la desesperanza e inseguridad imperantes en el mundo y en nuestras vidas, nos habla de seguridad en él. Jesús nos anima a confiar en Dios, porque hay momentos en la vida en que no es posible tener seguridad a menos que creamos en Dios. Como dice el poeta bíblico: “Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes” (Salmo 27.13).

Jesús nos anima también a creer en él, porque él es la prueba de que Dios está dispuesto a darnos todo lo que tiene para darnos. San Pablo pensaba en esto, cuando señaló: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8.32).

Si podemos creer que Dios es tal como Jesús nos enseñó que él es, y si podemos creer que en Jesús vemos la imagen de Dios, entonces podremos hacer frente a la aflicción y la inseguridad confiando en su amor inagotable. Caminar por la vida tomado de la mano de Jesús es la mejor manera de vivir seguro.

Pablo Deiros

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