Las verdades de la tierra

Hace unos cuantos años atrás se estrenó en Nueva York una comedia musical con el título “¡Detengan el mundo que me quiero bajar!” Quizás hoy, con la posmodernidad en pleno, el título más adecuado sería “¡Detengan el mundo que me quiero subir!” En pocas épocas de la historia, la humanidad ha vivido tanto al mundo como en nuestros días. Y esto no en el sentido de mundanalidad o irreligiosidad, sino sólo por el mero placer de vivirlo todo y experimentarlo todo.

          Nuestra época ha descubierto específicamente en el mundo tres grandes verdades: humanidad, ciencia y universalidad. Por humanidad entendemos la preocupación preponderante de nuestro siglo. Nos preocupamos por la alimentación de todos los pueblos, especialmente en África, Asia y América Latina. Nos preocupamos por el problema habitacional de los sectores marginales y cómo responder a sus necesidades. Nos preocupamos por el estado de salud de la humanidad, especialmente en las regiones más vulnerables. Nos preocupamos por una vida humana que sea más humana para todos en toda la ecúmene.

          La ciencia ha aportado a nuestra generación el caudal mayor de conocimientos y recursos técnicos que jamás haya tenido la humanidad. Nunca como hoy ese aporte ha sido más diverso y difundido. No obstante, la misma ciencia y tecnología que ha ayudado a fomentar la longevidad de vida, salud y bienestar humano, es la que amenaza con terminar con la raza humana en un Armagedón final.

          La universalidad se ha ido instalando poco a poco en todos los rincones del planeta, de tal modo que hoy no es posible imaginar el bienestar para unos dejando de lado a otros. Las empresas tienen hoy mucha más conciencia social que nunca antes, mientras los jóvenes ponen de manifiesto una sensibilidad especial en este campo. Las organizaciones no gubernamentales que operan para el bien común se multiplican como hongos y cada vez son más las personas que se comprometen por ayudar solidariamente a quienes padecen catástrofes como terremotos, huracanes, tornados, inundaciones, tsunamis, etc.

          De hecho, los grandes héroes contemporáneos son personas reconocidas mundialmente por su aporte en términos de humanidad, ciencia y universalidad. De entre todos ellos, quiero destacar a tres, no porque sean los más insignes, pero sí porque ocupan su lugar en el podio en razón de su fe cristiana. En otras palabras, ¿quiénes, en nuestro mundo contemporáneo, han hecho más para que la humanidad ponga su vista en el mundo con sus miserias, hambre, y belleza? A mi juicio, hay tres hombres que merecen ser mencionados: el papa y obispo Juan XXIII, el filósofo y antropólogo Teilhard de Chardin y el teólogo y pastor Dietrich Bonhoeffer. Todos ellos se caracterizaron por no rechazar al mundo, sino por querer embarcarse en él, no a pesar de su fe, sino por causa de ella. Todos ellos demostraron que Dios está vivo y obrando en el mundo, cuando sus coetáneos lo declaraban muerto y un inútil. Todos ellos fueron hombres de una fe profunda en Dios y en el ser humano.

          El papa Juan XXIII, en nombre de la sagrada unidad humana, extendió sus brazos y pidió a la humanidad que pusiera fin a todo desencuentro. Con sus palabras y acciones eliminó todo prejuicio racial o étnico, e invitó a líderes de todas las religiones a reunirse para promover la paz en el mundo. En su encíclica Pacem in terris escribió: “Nunca deben confundirse los errores con las personas que yerran, ni siquiera cuando se trae de un conocimiento inadecuado en el campo de la moral y de la religión.” Todo el que haya leído su Diario de un alma se habrá dado cuenta de que su voz fue la voz de la conciencia de la humanidad. No en balde las últimas palabras, que salieron de sus labios, fueron la plegaria: “Que todos puedan ser uno.”

          Así como Juan XXIII vio revelado a Dios en el amor a la humanidad, así también Teilhard de Chardin vio a Dios en la ciencia y en la naturaleza. Él fue un hombre que, desde su juventud, tuvo pasión por el amor de Cristo, tal como se manifiesta en la naturaleza. Para él, la sabiduría del principio y la sabiduría del final del proceso de la evolución humana era Cristo. Un día, este sacerdote jesuita, imposibilitado de decir misa en el desierto de Gobi, donde trabajaba, compuso esta oración en el Día de la Transfiguración: “Ya que yo, tu sacerdote, oh Dios, no tiene en este día pan, ni vino ni altar, voy a extender mis manos sobre todo el universo y tomar su inmensidad para el sacrificio.” En su mirada cósmico-científica, el pan y el vino asumieron dimensiones cósmicas y el mundo, que otros consideraban una realidad secular y material, fue divino para él.

           El tercer hombre de nuestro tiempo que hizo de lo sagrado la base de su universalidad fue Dietrich Bonhoeffer. Un médico que estaba con él en la prisión nazi el día que fue ahorcado por su fe (9 de abril de 1945), dijo que lo vio arrodillarse en su celda vistiendo el uniforme carcelario antes de ser conducido al patíbulo. Según este testigo: “En mis cincuenta años de médico rara vez había visto a un hombre tan enteramente sometido a la voluntad de Dios.” Y en una de sus últimas cartas desde la prisión, escribió: “Hoy veo el peligro de crear un mundo sagrado aparte por sí solo y de evitar la verdadera confraternidad entre los hermanos del mundo. … Así como Cristo entró en la realidad del mundo, así también el cristiano debe ser en el mundo como la santidad en medio de lo profano.”

          No es el ser humano secular y materialista, sino el religioso y de fe quien nos da la verdadera idea de lo secular y material. Es este ser humano que imita a Cristo en todas las esferas de su vida, quien puede decir con pasión: “¡Detengan el mundo que me quiero subir!”

 

Pablo Deiros

Copyright © 2018. All rights reserved.

Desarrollado por iberpixel.com