¿LOCAL O GLOBAL?

Que la globalización es un hecho, nadie lo discute. Que todo el mundo entiende de qué se trata, ésa es otra cuestión. Algunos piensan que se trata del incremento en el número de países miembros en las Naciones Unidas. Otros entienden que es la posibilidad que tenemos ahora de hablar por teléfono con cualquier lugar del mundo. Aun otros reducen su definición al establecimiento de una red mundial de comercio, de relaciones políticas o de influencias culturales. Lo cierto es que la globalización es como la gripe: todo el mundo la sufre, pero son pocos los que la pueden explicar.

          No pretendo en este espacio ofrecer tal explicación. Más bien, asumo que todos somos conscientes de la realidad de eso que se ha denominado globalización y que de alguna manera estamos inmersos en ella. Y esto va mucho más allá de lo meramente económico. Si bien es cierto que ya existe una moneda mundial (y no es el dólar norteamericano, sino las tarjetas de crédito y el dinero electrónico), todavía nos afanamos por mantener un cierto grado de identidad propia. La realidad es que cuanto más ligados nos encontramos económicamente a nivel mundial, tanto más deseamos ser libres para afirmar nuestros rasgos distintivos.

          Es interesante notar que mientras las alianzas económicas parecen ampliarse y la cultura se globaliza, crece el aprecio por lo local y autóctono, la independencia política y el gobierno propio. Mientras que en el fútbol se multiplica el entusiasmo por la Copa Mundial, la Copa Libertadores, la Copa Sudamericana, etc., la gente parece hoy ser más fanática de Boca Juniors o el América. Tal parece que cuanto más amplias son las redes de relaciones, tanto más se estima el valor de cada componente que la integra.

          Lo indicado en el párrafo anterior resulta paradójico y señala a una de las aparentes contradicciones de nuestro tiempo entre lo local y lo global, lo tribal y lo universal. El término “tribalismo” reapareció en el vocabulario universal hace menos de quince años y, lamentablemente, con connotaciones negativas. El periodismo internacional calificaba de “virus de tribalismo” la actitud prevaleciente de algunos regímenes en el mundo que implementaban la limpieza étnica, la exclusión económica, o el control político.

          No obstante, ya tenemos suficiente experiencia histórica como para entender que los extremos (y mucho más los extremismos) siempre son dañinos. Lo ideal sería un balance entre lo tribal y lo universal. En general, una actitud democrática siempre va a valorar y magnificar el valor de lo tribal junto con el derecho que asiste a cada uno de juntarse con quien quiera. Pero el tribalismo no debe ser confundido con fundamentalismo, fanatismo, o exclusivismo. Estos últimos elementos pocas veces expresan un sano tribalismo que ayude a la inserción con lo universal, y sí generalmente resultan en la exclusión de otros a quienes arbitrariamente se considera como ajenos a la tribu. Cuando la tribu se considera más importante que el individuo y el mundo, o se ponen en riesgo los principios universales y las consideraciones individuales, el tribalismo se desvirtúa.

          El verdadero tribalismo es la creencia en la fidelidad al tipo propio, definido por la etnicidad, el lenguaje, la cultura, la religión, e incluso, la profesión. El desarrollo de este tribalismo, que se define por lo esencial, lo básico, lo común, y no por lo individual o singular, es muy importante en un mundo globalizado. El grado de comunidad que logren los seres humanos estará determinado por sus rasgos distintivos. Pero conviene recordar que, con la globalización, un individuo puede definir su identidad a partir de su pertenencia a varias tribus. Yo soy nacido en Paraguay, criado en Rosario, naturalizado argentino, pastor, docente, miembro de una iglesia bautista, casado, padre de tres varones, hincha de Rosario Central, y hablo cinco idiomas, entre varias otras cosas.

          Ahora, ¿cómo entender lo tribal en un mundo que es cada vez más global? La Nueva Era levantó como lema aquello de “Piensa globalmente; actúa localmente.” Sin embargo, parece ser que hoy lo más adecuado sería “Piensa localmente; actúa globalmente.” Esto significa que cualquier institución o nucleamiento o comunidad humana debe funcionar como una tribu. Esto de por sí involucra un alto grado de identidad y la capacidad de pensar más o menos de la misma manera, a fin de poder actuar hacia fuera más efectivamente.

          No obstante, “pensar más o menos de la misma manera” no significa que todos los miembros de la tribu tienen que pensar lo mismo (o hacer lo mismo). En realidad, lo que define la tribu no es tanto una suerte de clonación ideológica como el hecho de que hay dos elementos identificantes básicos, como “evangélicos” y “latinoamericanos.” En este sentido, “pensar localmente” es pensar como “evangélicos latinoamericanos,” lo cual no es lo mismo que pensar como “evangélicos norteamericanos,” “evangélicos europeos,” o cualquier otra tribu. Es precisamente esto lo que nos permite, a su vez, actuar globalmente y hacerlo junto con otras tribus en un proyecto global, como es el reino de Dios.

          El fenómeno de globalización es irreversible e inevitable. De modo que cuanto más globales nos vamos tornando, tanto más tribalmente debemos pensar. Es tiempo que asumamos con valor la responsabilidad de pensar por nosotros mismos. Después de más de dos siglos de testimonio evangélico en América Latina, es hora que nos pongamos los pantalones largos y nos atrevamos a  reflexionar con madurez sobre nuestra identidad. Y esto no puede hacerse mirando hacia atrás, si bien la herencia recibida no debe ser dejada de lado. Pero es vital que procuremos encarar los desafíos que nos plantea la realidad local y global ensayando sin temor nuevos caminos y alternativas.

          Este proceso de responder de manera coherente y efectiva a la demanda de balancear lo local y lo global, no puede tener éxito con actitudes fundamentalistas o planteos exclusivistas. Por el contrario, es en la diversidad donde la identidad adquiere su mayor riqueza y eficacia. Unanimidad y unidad no tienen nada que ver con uniformidad.

Todos oramos y deseamos un auténtico avivamiento espiritual sobre nuestro continente y el mundo entero. Sin embargo, el camino de la uniformidad, es decir, que todos estemos obligados a seguir una forma a fin de ser parte de la tribu, es el camino de la religión, es el camino de los fariseos a quienes Jesús reprendió. El camino cristiano es el de la unanimidad y el de la unidad. Lo primero significa que tenemos “un alma,” y este es el camino de la renovación espiritual (Hch. 2.1), que tanta falta nos hace. La unidad, por otro lado, significa que en la diversidad nos constituimos como un cuerpo, el cuerpo de Cristo (Jn. 17), y éste es el camino del avivamiento que tanto anhelamos.

Así, pues, local y global no son términos contradictorios en la ecuación de la realidad presente, sino complementarios. Y la manera de mantenerlos en un sano balance es afirmando los principios bíblicos de la unanimidad y unidad en el contexto de la diversidad.

 

Pablo Deiros

Copyright © 2018. All rights reserved.

Desarrollado por iberpixel.com