Mujer

Los griegos en la antigüedad la llamaron gunē. Su lugar en la sociedad era totalmente secundario. Si estaba casada, toda su vida estaba determinada por su papel como esposa y madre. En el primer caso, se demandaba su total sumisión a la voluntad (y a veces el capricho) de su esposo; y, en el segundo caso, estaba encadenada a la crianza de los hijos y a servirlos de por vida. Sin embargo, no fueron sólo los griegos los que sellaron la suerte de la mujer por muchos siglos, sino que también en otras culturas antiguas quedaron relegadas a un plano inferior y dependiente. El Código de Manú, uno de los más viejos y famosos libros sagrados de la India, señala: “La mujer, durante su infancia, depende de sus padres; durante su juventud, del marido. Cuando viuda, de sus hijos; y si no los tiene, de los parientes más próximos del marido, y, si no los tuviera, del soberano, porque la mujer jamás debe gobernarse a su guisa.”

Hace unos cuantos años atrás, una marca de cigarrillos diseñada especialmente para mujeres, publicitaba su producto con la frase siguiente: “¡Has recorrido un largo camino, muchacha!” Y, a decir verdad, la mujer ha llevado a cabo un extenso peregrinaje a lo largo de los siglos. El camino ha sido muy largo, quizás demasiado largo, y el destino o meta del mismo, al menos en algunos casos, puede haber sido excedido en demasía. De hecho, muchas mujeres han caminado tan lejos del concepto griego clásico y de las normas de Manú, que por momentos da la impresión como que han dejado de ser “mujeres.”

La lucha por su dignidad personal como ser humano y la necesidad de encontrar en la sociedad un espacio propio y respetado, ha sido feroz y muy dilatada en el tiempo … y todavía continúa en todo el mundo y todas las culturas. Ha sido un combate cuerpo a cuerpo con el macho dominante, en el que se han ido conquistando derechos y espacios centímetro a centímetro, las más de las veces con enormes sacrificios. Mucho más allá de lograr el derecho a una misma remuneración que el varón por el mismo trabajo o el derecho a votar o a tener propiedad o a viajar sola o cualquier otra causa, la lucha más grande y la más importante ha sido y sigue siendo la conquista de una humanidad plena.

Si alguien quisiera hoy escribir un tratado definitivo sobre la mujer, seguramente tendría que dedicar miles de páginas a sintetizar esta lucha de la mujer por ganar el reconocimiento de su dignidad como persona humana. Las culturas androcéntricas han planteado y plantean una resistencia persistente a estos reclamos, y a lo largo de los siglos le han negado a la mujer lo que Dios les concedió como derecho de creación. En definitiva, es aquí donde debe comenzarse si uno quiere hacer una “historia de la mujer.” Contra lo que el androcentrismo (andrós en griego es varón) ha implantado a lo largo del tiempo, la mujer no aparece en el escenario humano (según el relato bíblico) con la caída del varón en el pecado ni mucho menos es la primera responsable del mismo (Génesis capítulo 3). La mujer aparece junto con el varón en el acto mismo de la creación divina del ser humano: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. … Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó” (Génesis 1.26, 27).

De este modo, el ser humano no es andrós y punto, sino andrós y gunē. La humanidad plena según el Creador está en el binomio y no en la unidad simple. El varón no es un ser humano pleno sin la mujer y la mujer no es un ser humano pleno sin el varón. Es en la unión de estos dos que se concreta la humanidad plena, que es capaz de asociarse con Dios en la tarea de la creación de otro ser humano (Génesis 1.28). Es por esto que toda actitud machista o feminista termina por negar el propósito original de Dios en la creación del ser humano. De igual modo, toda unión ajena al diseño original de Dios (varón-mujer), como algunas de las uniones que hoy la cultura aprueba (varón-varón, mujer-mujer) y otras que puede llegar a tolerar (varón-animal, mujer-animal, etc.) deshumanizan al ser humano y lo ponen en contra de la voluntad divina.

No obstante, la dignidad humana de la mujer siempre ha sido tema de debate, y tanto más en décadas recientes. ¿Dónde encontrar principios guiadores para orientar la discusión desde una perspectiva cristiana? ¿Cómo podemos elaborar un concepto cristiano de la condición femenina? ¿Qué significa ser mujer hoy desde la fe en Jesucristo? Para los creyentes cristianos la fuente de información fundamental está en la Biblia. Pero la Palabra de Dios no es ajena a los condicionamientos culturales de los contextos históricos en los que se fue elaborando. Recorriendo las páginas bíblicas es posible encontrar reflejadas en ellas muchas de las ideas y conceptos que prevalecieron en el mundo antiguo y que han seguido influyendo a lo largo de los siglos, especialmente en cuanto al lugar de la mujer en la sociedad humana.

Incluso si visitamos el Nuevo Testamento, podemos ver que sus escritos no difieren muy radicalmente de los conceptos representados en el Antiguo Testamento en cuanto a la mujer. Y, no obstante, es posible detectar elementos novedosos de raíz profundamente cristiana. De manera muy particular, es para nosotros fundamental considerar la actitud de Jesús hacia las mujeres. Si de veras creemos que él es el Mesías, el Hijo de Dios hecho carne, es decir, asumiendo y experimentando nuestra humanidad, entonces sus palabras y acciones en relación con la mujer son una pista muy importante para discernir la voluntad final de Dios al respecto.

Muchas mujeres anónimas aparecen en los relatos de los Evangelios que sintetizan la vida y el ministerio de Jesús (Mateo 9.20-22; 14.21; 15.22; 26.7-13; Marcos 1.31; Lucas 13.11-13; Juan 4.7-26). Hay varias mujeres a quienes conocemos por sus nombres (¡lo cual no era poca cosa para aquel tiempo!): María Magdalena, María la madre de Jacobo y José, y la madre de los hijos de Zebedeo, así como la “otra María” (Mateo 27.55, 61; 28.1).

También nos encontramos con María y Marta de Betania (Lucas 10.38-42; Juan 11.1-44) y María la madre de Jesús, que es mencionada “junto con las mujeres” entre los primeros creyentes cristianos (Hechos 1.14). Por cierto, hay muchísimas más mujeres que no se llamaban María, muchas de las cuales son anónimas. Las mujeres que son explícitamente nombradas o a las que se alude en general caen principalmente en dos categorías: están aquellas que fueron sanadas por Jesús y aquellas que lo siguieron y asistieron durante su ministerio. Ocasionalmente, Jesús enseñó a través de alusiones a las actividades de las mujeres en el hogar, como el caso de la mujer que perdió una moneda de su ajuar (Lucas 15.8), o dos mujeres que estaban moliendo granos en un molino (Lucas 17.35), para mostrar el carácter repentino de su venida.

Si uno mira a la historia con una mirada panorámica, parece indudable que a partir de Jesús y sus enseñanzas, y también a partir del testimonio cristiano en el mundo, la situación de la mujer cambió sustancialmente. La condición humana de la mujer y su dignidad como criatura hecha a imagen y semejanza del Creador ha sido afirmada y sostenida a lo largo de los siglos, a pesar de las contradicciones y negaciones que muchas veces han tenido (y continúan teniendo) una sanción religiosa. El androcentrismo ha sido clavado en la cruz junto con todos los demás pecados humanos (Colosenses 2.13-15). Pero lamentablemente todavía hay cristianos que se valen de una interpretación arbitraria y prejuiciosa de las Escrituras, para justificar el sometimiento absurdo de la mujer a una condición que, en mayor o menor grado, no es la humanidad plena con la que salió de la mano de Dios y a la que es llamada en Cristo Jesús.

Al considerar el lugar de la mujer en la sociedad humana, quizás es oportuno repetir una y otra vez la fórmula original, no sólo para que no se nos olvide, sino para que modele nuestra actitud y conducta en la dirección de la voluntad perfecta de Dios: “Hombre y mujer los creó.” Y tener bien presente que la sangre que el Cordero de Dios derramó en la cruz nos limpia a todos (mujeres y varones por igual) de todo pecado (1 Juan 1.7). Y que el Espíritu Santo que él ha implantado en todos los que creen en él, ha sido “derramado sobre todo el género humano” (Hechos 2.17), es decir, mujeres y varones por igual, lo cual hace que “los hijos y las hijas de ustedes profetizarán.” Debemos también tener bien presente que el deber que tenemos hoy como pueblo del Señor nos involucra a todos, mujeres y varones, en la tarea de ser testigos de las buenas nuevas tocantes a Jesús; y que todos somos sacerdotes de su gracia (1 Pedro 2.9) y embajadores de su reino (1 Corintios 5.20), mientras aguardamos su retorno glorioso en el que él nos reunirá a todos para estar junto con él por siempre jamás.

Las mujeres han recorrido un largo camino a lo largo de los siglos. Que el que todavía queda por transitar lo puedan andar junto a los varones que las rodean, fijando la mirada “en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Así, pues, consideren a aquel que perseveró frente a tanta oposición por parte de los pecadores, para que no se cansen ni pierdan el ánimo” (Hebreos 12.2, 3).

Pablo Deiros

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