SEGURIDAD

SEGURIDAD

Después de lo ocurrido el martes 11 de setiembre de 2001 en Nueva York, nadie puede sentirse seguro otra vez en ninguna parte del mundo. A nivel nacional, la aceleración del proceso de empobrecimiento y postergación de enormes sectores de la población ha creado un clima de inestabilidad record en la historia del país. Los días que estamos transitando están marcados por el signo de la incertidumbre, la desorientación, la vulnerabilidad y el temor. Las imágenes del terror superlativo no sólo están profundamente grabadas en nuestras retinas, sino que martillan nuestras mentes con toda fuerza provocándonos una hiper-consciencia de cuán frágil es la vida humana.

Como nunca antes las palabras de la Biblia con respecto al ser humano cobran en nuestros días una dolorosa actualidad. “Destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos. No conocieron camino de paz, ni hay justicia en sus caminos” (Isaías 59.7).

Mientras tanto, en nuestra angustia interior, los seres humanos seguimos buscando la seguridad por caminos equivocados. Hay quienes creen hallarla en el neopaganismo tecnológico, en el neoliberalismo económico descarnado, en el espiritualismo de la Nueva Era, en la nueva globalización de la cultura, o en cualquier otro placebo para los viejos dolores y aflicciones humanos.

Sin embargo, como bien puede constatarse en estos días, ninguno de todos estos caminos es suficiente para tranquilizar las conciencias inquietas y las vidas en zozobra existencial. Heriberto G. Wells, un brillante escritor inglés, modernista y visionario pero agnóstico, muerto en 1946, escribió estas reveladoras palabras: “No puedo ajustarme para obtener una paz fecunda. A los sesenta años de edad, todavía estoy buscando la paz.”

No faltan quienes en estos días de frivolidad e irresponsabilidad moral están procurando encontrar paz y seguridad para sus vidas volcándose a un hedonismo descontrolado. Para estas personas, el placer en todas sus formas es la única manera en que se puede olvidar la angustia que produce la inseguridad. Su filosofía de vida parece coincidir con la que en la antigüedad denunciaba el profeta Isaías: “Comamos y bebamos porque mañana moriremos” (Isaías 22.13).

Muchos intentan escapar de la angustia que produce la inseguridad presente buscando refugio en todo tipo de adicciones. Pero esta es también una empresa inútil. Amado Nervo, el célebre poeta mexicano, tenía mucha razón cuando escribía: “En vano queremos cubrirnos de flores/ Callar nuestras penas, mostrarnos contentos/ No pueden las dichas del mundo quitarnos/ las nieves de dentro.”

No obstante, frente a este cuadro de inseguridad endémica que todos padecemos, nos encontramos con Alguien que hoy, como ayer, nos habla de tal manera que llena nuestro corazón de una dulce paz cuando nos dice: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí” (Juan 14.1).

Este Alguien es Cristo, quien, frente a la desesperanza e inseguridad imperantes en el mundo y en nuestras vidas, nos habla de seguridad en él. Jesús nos anima a confiar en Dios, porque hay momentos en la vida en que no es posible tener seguridad a menos que creamos en Dios. Como dice el poeta bíblico: “Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes” (Salmo 27.13).

Jesús nos anima también a creer en él, porque él es la prueba de que Dios está dispuesto a darnos todo lo que tiene para darnos. San Pablo pensaba en esto, cuando señaló: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8.32).

Si podemos creer que Dios es tal como Jesús nos enseñó que él es, y si podemos creer que en Jesús vemos la imagen de Dios, entonces podremos hacer frente a la aflicción y la inseguridad confiando en su amor inagotable. Caminar por la vida tomado de la mano de Jesús es la mejor manera de vivir seguro.

Pablo Deiros

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Después de lo ocurrido el martes 11 de setiembre de 2001 en Nueva York, nadie puede sentirse seguro otra vez en ninguna parte del mundo. A nivel nacional, la aceleración del proceso de empobrecimiento y postergación de enormes sectores de la población ha creado un clima de inestabilidad record en la historia del país.

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LAS VERDADES DE LA TIERRA

Las verdades de la tierra

Hace unos cuantos años atrás se estrenó en Nueva York una comedia musical con el título “¡Detengan el mundo que me quiero bajar!” Quizás hoy, con la posmodernidad en pleno, el título más adecuado sería “¡Detengan el mundo que me quiero subir!” En pocas épocas de la historia, la humanidad ha vivido tanto al mundo como en nuestros días. Y esto no en el sentido de mundanalidad o irreligiosidad, sino sólo por el mero placer de vivirlo todo y experimentarlo todo.

          Nuestra época ha descubierto específicamente en el mundo tres grandes verdades: humanidad, ciencia y universalidad. Por humanidad entendemos la preocupación preponderante de nuestro siglo. Nos preocupamos por la alimentación de todos los pueblos, especialmente en África, Asia y América Latina. Nos preocupamos por el problema habitacional de los sectores marginales y cómo responder a sus necesidades. Nos preocupamos por el estado de salud de la humanidad, especialmente en las regiones más vulnerables. Nos preocupamos por una vida humana que sea más humana para todos en toda la ecúmene.

          La ciencia ha aportado a nuestra generación el caudal mayor de conocimientos y recursos técnicos que jamás haya tenido la humanidad. Nunca como hoy ese aporte ha sido más diverso y difundido. No obstante, la misma ciencia y tecnología que ha ayudado a fomentar la longevidad de vida, salud y bienestar humano, es la que amenaza con terminar con la raza humana en un Armagedón final.

          La universalidad se ha ido instalando poco a poco en todos los rincones del planeta, de tal modo que hoy no es posible imaginar el bienestar para unos dejando de lado a otros. Las empresas tienen hoy mucha más conciencia social que nunca antes, mientras los jóvenes ponen de manifiesto una sensibilidad especial en este campo. Las organizaciones no gubernamentales que operan para el bien común se multiplican como hongos y cada vez son más las personas que se comprometen por ayudar solidariamente a quienes padecen catástrofes como terremotos, huracanes, tornados, inundaciones, tsunamis, etc.

          De hecho, los grandes héroes contemporáneos son personas reconocidas mundialmente por su aporte en términos de humanidad, ciencia y universalidad. De entre todos ellos, quiero destacar a tres, no porque sean los más insignes, pero sí porque ocupan su lugar en el podio en razón de su fe cristiana. En otras palabras, ¿quiénes, en nuestro mundo contemporáneo, han hecho más para que la humanidad ponga su vista en el mundo con sus miserias, hambre, y belleza? A mi juicio, hay tres hombres que merecen ser mencionados: el papa y obispo Juan XXIII, el filósofo y antropólogo Teilhard de Chardin y el teólogo y pastor Dietrich Bonhoeffer. Todos ellos se caracterizaron por no rechazar al mundo, sino por querer embarcarse en él, no a pesar de su fe, sino por causa de ella. Todos ellos demostraron que Dios está vivo y obrando en el mundo, cuando sus coetáneos lo declaraban muerto y un inútil. Todos ellos fueron hombres de una fe profunda en Dios y en el ser humano.

          El papa Juan XXIII, en nombre de la sagrada unidad humana, extendió sus brazos y pidió a la humanidad que pusiera fin a todo desencuentro. Con sus palabras y acciones eliminó todo prejuicio racial o étnico, e invitó a líderes de todas las religiones a reunirse para promover la paz en el mundo. En su encíclica Pacem in terris escribió: “Nunca deben confundirse los errores con las personas que yerran, ni siquiera cuando se trae de un conocimiento inadecuado en el campo de la moral y de la religión.” Todo el que haya leído su Diario de un alma se habrá dado cuenta de que su voz fue la voz de la conciencia de la humanidad. No en balde las últimas palabras, que salieron de sus labios, fueron la plegaria: “Que todos puedan ser uno.”

          Así como Juan XXIII vio revelado a Dios en el amor a la humanidad, así también Teilhard de Chardin vio a Dios en la ciencia y en la naturaleza. Él fue un hombre que, desde su juventud, tuvo pasión por el amor de Cristo, tal como se manifiesta en la naturaleza. Para él, la sabiduría del principio y la sabiduría del final del proceso de la evolución humana era Cristo. Un día, este sacerdote jesuita, imposibilitado de decir misa en el desierto de Gobi, donde trabajaba, compuso esta oración en el Día de la Transfiguración: “Ya que yo, tu sacerdote, oh Dios, no tiene en este día pan, ni vino ni altar, voy a extender mis manos sobre todo el universo y tomar su inmensidad para el sacrificio.” En su mirada cósmico-científica, el pan y el vino asumieron dimensiones cósmicas y el mundo, que otros consideraban una realidad secular y material, fue divino para él.

           El tercer hombre de nuestro tiempo que hizo de lo sagrado la base de su universalidad fue Dietrich Bonhoeffer. Un médico que estaba con él en la prisión nazi el día que fue ahorcado por su fe (9 de abril de 1945), dijo que lo vio arrodillarse en su celda vistiendo el uniforme carcelario antes de ser conducido al patíbulo. Según este testigo: “En mis cincuenta años de médico rara vez había visto a un hombre tan enteramente sometido a la voluntad de Dios.” Y en una de sus últimas cartas desde la prisión, escribió: “Hoy veo el peligro de crear un mundo sagrado aparte por sí solo y de evitar la verdadera confraternidad entre los hermanos del mundo. … Así como Cristo entró en la realidad del mundo, así también el cristiano debe ser en el mundo como la santidad en medio de lo profano.”

          No es el ser humano secular y materialista, sino el religioso y de fe quien nos da la verdadera idea de lo secular y material. Es este ser humano que imita a Cristo en todas las esferas de su vida, quien puede decir con pasión: “¡Detengan el mundo que me quiero subir!”

 

Pablo Deiros

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Hace unos cuantos años atrás se estrenó en Nueva York una comedia musical con el título “¡Detengan el mundo que me quiero bajar!” Quizás hoy, con la posmodernidad en pleno, el título más adecuado sería “¡Detengan el mundo que me quiero subir!” En pocas épocas de la historia, la humanidad ha vivido tanto al mundo como en nuestros días. Y esto no en el sentido de mundanalidad o irreligiosidad, sino sólo por el mero placer de vivirlo todo y experimentarlo todo.

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Intoxicados de tecnología

Intoxicados de tecnología

A pesar del retraso crónico que padece nuestro continente en materia tecnológica, es asombroso el avance de los recursos técnicos en prácticamente todas las áreas de la vida humana. En un sentido muy real, hoy somos víctimas de una verdadera intoxicación tecnológica. La tecnología alimenta nuestro cuerpo y nuestra mente, si bien quizás a costas de nuestro espíritu. Es probable que ésta sea la razón número uno por la que cada día vivimos más desesperados en procura de encontrarle sentido a nuestras vidas.

La tecnología, especialmente en el campo de las comunicaciones, se ha transformado en una suerte de almohadón sobre el que recostamos nuestras vidas y la dejamos reposar de manera placentera. Pertenecemos a la generación tecnológicamente más avanzada que haya pisado el planeta, pero a su vez, somos quizás la más ansiosa e insatisfecha. Las promesas que la tecnología nos hace es música a nuestros oídos y fácilmente caemos en la ilusión de que con sólo un poco de dinero podemos hacer realidad todos los sueños que ella nos promete. En definitiva, esta felicidad tecnológica está tan al alcance de las manos como comprar una computadora más veloz, agregar más programas al disco rígido, y sumergirnos en ese Nirvana inagotable que es la Internet.

Sin embargo, desde una perspectiva cristiana, no podemos negar que la utopía tecnológica está vacía espiritualmente, y a la postre resulta insatisfactoria y peligrosa. Esto no quiere decir que la tecnología en sí sea mala. Pero cuando la transformamos en “el dios de este siglo” y en la fuente de sentido para nuestras vidas, entonces corremos el riesgo de caer en la más letal de todas las trampas, la que liquida nuestra vida espiritual.

De hecho, una sociedad intoxicada de tecnología manifestará ciertos síntomas que, a la corta o a la larga, producirán un grado peligroso de intoxicación y envenenamiento. Cuando la tecnología es el entretenimiento principal y se transforma en el foco de una devoción casi religiosa; cuando se llega a creer que todo en la vida, incluso las cosas espirituales, se pueden resolver como en la computadora con sólo apretar un botón e instantáneamente; cuando la realidad y la fantasía se confunden; cuando la persona toma distancia de la realidad y vive en otro mundo, es hora de desmitologizar la tecnología y llamarla por su nombre, “Nehustán” (ver 2 Reyes 18.4).

Para personas religiosas, como supongo son la mayor parte de los lectores de esta nota, el problema del vacío existencial y la búsqueda de sentido se supone que es un problema resuelto. Quienes hemos colocado nuestra fe en Cristo como Señor de nuestras vidas hemos visto cómo ese vacío ha sido llenado por el Espíritu Santo. Nuestro rumbo ahora se mueve en la dirección del eterno propósito de Dios en Cristo. Sin embargo, en esta era tecnológica no somos los únicos que encuentran en alguna forma de religión la satisfacción a su búsqueda de sentido. En los Estados Unidos hoy hay mucha más gente que pertenece a una iglesia, sinagoga, templo o mezquita (70% hoy comparado con 17% en 1776) que en cualquier otro momento de su historia. Los norteamericanos parecen muy dispuestos a abrazar la seguridad y santidad de la religión y la espiritualidad. Esto es todavía más cierto en relación con América Latina. La gente se está tornando cada vez más mística, por decirlo de alguna manera.

Todo el planeta parece estar introduciéndose en una era de gran avivamiento religioso. Lo religioso y espiritual se presenta en prácticamente todos los contextos de la vida humana. La experiencia religiosa se está tornando cada vez más popular. Los libros religiosos están batiendo récords de venta (en Estados Unidos solamente se ha dado un incremento del 150% desde 1991 a 1997 en este rubro, comparado con apenas un 35% en el resto de la industria del libro). Por supuesto que en esta “primavera” de espiritualidad no sólo florecen las flores más hermosas, sino también un montón de malezas salvajes y espinas de todo tipo.

Por otro lado, parece ser evidente que a medida que los lazos tradicionales entre las diversas generaciones se van rompiendo, y los lazos dentro de las familias nucleares se van debilitando, los canales tradicionales para el intercambio de valores y el ejercicio de una sabiduría práctica, como son la familia extendida, la iglesia y la comunidad, también van siendo reemplazados por la cultura popular. Esta cultura popular se está volviendo en masa a las tecnologías de la información, la TV, los videos, las revistas, y los libros de auto-ayuda en procura de respuestas a las preguntas fundamentales de la vida.

La televisión y, de manera muy particular las redes sociales, han ocupado el lugar del pastor, la madre y el padre. Los maestros de vida y quienes preparan las recetas mágicas para los problemas de todos los días no son filósofos, ni teólogos, ni siquiera personas a las que se les reconozca una cuota decente de sentido común. Más bien son actores y actrices oportunistas, personas que hablan rápido y todos al mismo tiempo como para que no se pueda seguir su pensamiento (si es que tienen alguno), vedettes, trasvestis, políticos de cuarta, y una fauna de atrevidos y desfachatados que juegan el papel de sofistas.

La tecnología nos ha domesticado al punto de que hemos llegado a creer que la solución al vacío interior y la búsqueda de sentido en la vida es tan accesible como la web, y que se consigue con sólo apretar la tecla izquierda del mouse. Esto ha generado una cultura no de la cura radical de los males humanos, sino de un placebo inmediato y superficial. Pero lo que el ser humano de hoy necesita no es el emplasto rápido de la sanidad virtual, sino la intervención del Médico celestial que puede operar nuestras vidas sacando el corazón de piedra muerto y transplantando un corazón de carne (Ezequiel 11.19; 36.26).

Es muy fácil en estos días ser seducido por las promesas encandilantes de la tecnología en un contexto que está intoxicado de tecnología. No es tan fácil llamar a las personas a una auténtica espiritualidad, cuando la TV, los video-juegos, la Internet, la radio, las redes sociales y otros medios de comunicación están invadiendo la persona individual, la familia y la sociedad como un todo con una avalancha de placebos que brindan satisfacción momentánea, pero no resuelven el problema humano fundamental.

Como cristianos que en Cristo hemos encontrado todo, tenemos el deber supremo de denunciar la idolatría de la tecnología y anunciar al Dios verdadero. Es en él, a través de la fe en Jesucristo, que las personas pueden encontrar la satisfacción definitiva a sus más íntimos anhelos y el sentido y significado que están buscando para sus vidas.

Pablo Deiros

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A pesar del retraso crónico que padece nuestro continente en materia tecnológica, es asombroso el avance de los recursos técnicos en prácticamente todas las áreas de la vida humana. En un sentido muy real, hoy somos víctimas de una verdadera intoxicación tecnológica…

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MUJER

Mujer

Los griegos en la antigüedad la llamaron gunē. Su lugar en la sociedad era totalmente secundario. Si estaba casada, toda su vida estaba determinada por su papel como esposa y madre. En el primer caso, se demandaba su total sumisión a la voluntad (y a veces el capricho) de su esposo; y, en el segundo caso, estaba encadenada a la crianza de los hijos y a servirlos de por vida. Sin embargo, no fueron sólo los griegos los que sellaron la suerte de la mujer por muchos siglos, sino que también en otras culturas antiguas quedaron relegadas a un plano inferior y dependiente. El Código de Manú, uno de los más viejos y famosos libros sagrados de la India, señala: “La mujer, durante su infancia, depende de sus padres; durante su juventud, del marido. Cuando viuda, de sus hijos; y si no los tiene, de los parientes más próximos del marido, y, si no los tuviera, del soberano, porque la mujer jamás debe gobernarse a su guisa.”

Hace unos cuantos años atrás, una marca de cigarrillos diseñada especialmente para mujeres, publicitaba su producto con la frase siguiente: “¡Has recorrido un largo camino, muchacha!” Y, a decir verdad, la mujer ha llevado a cabo un extenso peregrinaje a lo largo de los siglos. El camino ha sido muy largo, quizás demasiado largo, y el destino o meta del mismo, al menos en algunos casos, puede haber sido excedido en demasía. De hecho, muchas mujeres han caminado tan lejos del concepto griego clásico y de las normas de Manú, que por momentos da la impresión como que han dejado de ser “mujeres.”

La lucha por su dignidad personal como ser humano y la necesidad de encontrar en la sociedad un espacio propio y respetado, ha sido feroz y muy dilatada en el tiempo … y todavía continúa en todo el mundo y todas las culturas. Ha sido un combate cuerpo a cuerpo con el macho dominante, en el que se han ido conquistando derechos y espacios centímetro a centímetro, las más de las veces con enormes sacrificios. Mucho más allá de lograr el derecho a una misma remuneración que el varón por el mismo trabajo o el derecho a votar o a tener propiedad o a viajar sola o cualquier otra causa, la lucha más grande y la más importante ha sido y sigue siendo la conquista de una humanidad plena.

Si alguien quisiera hoy escribir un tratado definitivo sobre la mujer, seguramente tendría que dedicar miles de páginas a sintetizar esta lucha de la mujer por ganar el reconocimiento de su dignidad como persona humana. Las culturas androcéntricas han planteado y plantean una resistencia persistente a estos reclamos, y a lo largo de los siglos le han negado a la mujer lo que Dios les concedió como derecho de creación. En definitiva, es aquí donde debe comenzarse si uno quiere hacer una “historia de la mujer.” Contra lo que el androcentrismo (andrós en griego es varón) ha implantado a lo largo del tiempo, la mujer no aparece en el escenario humano (según el relato bíblico) con la caída del varón en el pecado ni mucho menos es la primera responsable del mismo (Génesis capítulo 3). La mujer aparece junto con el varón en el acto mismo de la creación divina del ser humano: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. … Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó” (Génesis 1.26, 27).

De este modo, el ser humano no es andrós y punto, sino andrós y gunē. La humanidad plena según el Creador está en el binomio y no en la unidad simple. El varón no es un ser humano pleno sin la mujer y la mujer no es un ser humano pleno sin el varón. Es en la unión de estos dos que se concreta la humanidad plena, que es capaz de asociarse con Dios en la tarea de la creación de otro ser humano (Génesis 1.28). Es por esto que toda actitud machista o feminista termina por negar el propósito original de Dios en la creación del ser humano. De igual modo, toda unión ajena al diseño original de Dios (varón-mujer), como algunas de las uniones que hoy la cultura aprueba (varón-varón, mujer-mujer) y otras que puede llegar a tolerar (varón-animal, mujer-animal, etc.) deshumanizan al ser humano y lo ponen en contra de la voluntad divina.

No obstante, la dignidad humana de la mujer siempre ha sido tema de debate, y tanto más en décadas recientes. ¿Dónde encontrar principios guiadores para orientar la discusión desde una perspectiva cristiana? ¿Cómo podemos elaborar un concepto cristiano de la condición femenina? ¿Qué significa ser mujer hoy desde la fe en Jesucristo? Para los creyentes cristianos la fuente de información fundamental está en la Biblia. Pero la Palabra de Dios no es ajena a los condicionamientos culturales de los contextos históricos en los que se fue elaborando. Recorriendo las páginas bíblicas es posible encontrar reflejadas en ellas muchas de las ideas y conceptos que prevalecieron en el mundo antiguo y que han seguido influyendo a lo largo de los siglos, especialmente en cuanto al lugar de la mujer en la sociedad humana.

Incluso si visitamos el Nuevo Testamento, podemos ver que sus escritos no difieren muy radicalmente de los conceptos representados en el Antiguo Testamento en cuanto a la mujer. Y, no obstante, es posible detectar elementos novedosos de raíz profundamente cristiana. De manera muy particular, es para nosotros fundamental considerar la actitud de Jesús hacia las mujeres. Si de veras creemos que él es el Mesías, el Hijo de Dios hecho carne, es decir, asumiendo y experimentando nuestra humanidad, entonces sus palabras y acciones en relación con la mujer son una pista muy importante para discernir la voluntad final de Dios al respecto.

Muchas mujeres anónimas aparecen en los relatos de los Evangelios que sintetizan la vida y el ministerio de Jesús (Mateo 9.20-22; 14.21; 15.22; 26.7-13; Marcos 1.31; Lucas 13.11-13; Juan 4.7-26). Hay varias mujeres a quienes conocemos por sus nombres (¡lo cual no era poca cosa para aquel tiempo!): María Magdalena, María la madre de Jacobo y José, y la madre de los hijos de Zebedeo, así como la “otra María” (Mateo 27.55, 61; 28.1).

También nos encontramos con María y Marta de Betania (Lucas 10.38-42; Juan 11.1-44) y María la madre de Jesús, que es mencionada “junto con las mujeres” entre los primeros creyentes cristianos (Hechos 1.14). Por cierto, hay muchísimas más mujeres que no se llamaban María, muchas de las cuales son anónimas. Las mujeres que son explícitamente nombradas o a las que se alude en general caen principalmente en dos categorías: están aquellas que fueron sanadas por Jesús y aquellas que lo siguieron y asistieron durante su ministerio. Ocasionalmente, Jesús enseñó a través de alusiones a las actividades de las mujeres en el hogar, como el caso de la mujer que perdió una moneda de su ajuar (Lucas 15.8), o dos mujeres que estaban moliendo granos en un molino (Lucas 17.35), para mostrar el carácter repentino de su venida.

Si uno mira a la historia con una mirada panorámica, parece indudable que a partir de Jesús y sus enseñanzas, y también a partir del testimonio cristiano en el mundo, la situación de la mujer cambió sustancialmente. La condición humana de la mujer y su dignidad como criatura hecha a imagen y semejanza del Creador ha sido afirmada y sostenida a lo largo de los siglos, a pesar de las contradicciones y negaciones que muchas veces han tenido (y continúan teniendo) una sanción religiosa. El androcentrismo ha sido clavado en la cruz junto con todos los demás pecados humanos (Colosenses 2.13-15). Pero lamentablemente todavía hay cristianos que se valen de una interpretación arbitraria y prejuiciosa de las Escrituras, para justificar el sometimiento absurdo de la mujer a una condición que, en mayor o menor grado, no es la humanidad plena con la que salió de la mano de Dios y a la que es llamada en Cristo Jesús.

Al considerar el lugar de la mujer en la sociedad humana, quizás es oportuno repetir una y otra vez la fórmula original, no sólo para que no se nos olvide, sino para que modele nuestra actitud y conducta en la dirección de la voluntad perfecta de Dios: “Hombre y mujer los creó.” Y tener bien presente que la sangre que el Cordero de Dios derramó en la cruz nos limpia a todos (mujeres y varones por igual) de todo pecado (1 Juan 1.7). Y que el Espíritu Santo que él ha implantado en todos los que creen en él, ha sido “derramado sobre todo el género humano” (Hechos 2.17), es decir, mujeres y varones por igual, lo cual hace que “los hijos y las hijas de ustedes profetizarán.” Debemos también tener bien presente que el deber que tenemos hoy como pueblo del Señor nos involucra a todos, mujeres y varones, en la tarea de ser testigos de las buenas nuevas tocantes a Jesús; y que todos somos sacerdotes de su gracia (1 Pedro 2.9) y embajadores de su reino (1 Corintios 5.20), mientras aguardamos su retorno glorioso en el que él nos reunirá a todos para estar junto con él por siempre jamás.

Las mujeres han recorrido un largo camino a lo largo de los siglos. Que el que todavía queda por transitar lo puedan andar junto a los varones que las rodean, fijando la mirada “en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Así, pues, consideren a aquel que perseveró frente a tanta oposición por parte de los pecadores, para que no se cansen ni pierdan el ánimo” (Hebreos 12.2, 3).

Pablo Deiros

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Los griegos en la antigüedad la llamaron gunē. Su lugar en la sociedad era totalmente secundario. Si estaba casada, toda su vida estaba determinada por su papel como esposa y madre. En el primer caso, se demandaba su total sumisión a la voluntad (y a veces el capricho) de su esposo; y, en el segundo caso, estaba encadenada a la crianza de los hijos y a servirlos de por vida…

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